—¡Es verdad! ¡Es verdad!... ¡Los he visto yo; les pueden sorprender ustedes si se dan prisa! ¡Con la criada!... ¡Es el novio de la criada!...
La señora alzó sus manos, traspasada de horror, gemebunda:
—¿Qué dice este hombre, Luisa; qué dice este hombre?
Pero Luisa, más grave, más pálida que nunca, se limitó a hacer sonar un timbre. Acudió un servidor. La hija del banquero extendió un poco teatralmente su índice para indicar a Sergio:
—¡Échelo usted a la calle!
El joven se resistió; pero las manos vigorosas del hombre lo levantaron casi en vilo. Entonces, a medida que se iba viendo alejado del comedor, dióse a vociferar, cada vez con más energía:
—¡En la calle del Inferniño, en el número doce!...
Era como si desease dejar bien grabado en la memoria de ambas mujeres el lugar del nefando delito. Hacíase arrastrar por el mozo; luego pataleó. Lastimado en las canillas, el hombre blasfemó en voz baja y le dió disimuladamente un puñetazo en el estómago. Esto obligó a Sergio a atenuar sus berridos; pero siguió más lastimosamente, sosteniendo:
—¡En el Inferniño!... ¡En el doce!... ¡En el Inferniño!...
Y ya en la escalera, se sentó, heroicamente decidido a seguir gritando las señas de la casa hasta enronquecer. Pero oyó abrir la puerta y echó a correr por los escalones, temeroso de los puños del fámulo. El fámulo, no obstante, limitóse a arrojar el sombrero del joven, que había quedado en el pasillo. Sergio lo sintió caer blandamente a su lado; lo limpió con un codo y se marchó...