XX
Hizo a Muñiz la confidencia de su desgracia una noche en que volvió a ver a Volvoreta presenciando una función desde una butaca de anfiteatro. Él había subido buscando un seguro rincón desde donde contemplarla a su antojo sin que le sorprendiesen. Con Federica estaba la vieja aborrecible. ¡Tan galana la moza! En sus orejas había unas chispitas de luz que sustituían los largos pendientes de amatista regalados por Sergio, unas maravillosas amatistas de dos centímetros, que colgaban en péndulo y que le habían costado tres reales. Volvoreta reía a veces con una sencilla felicidad. Buscó el enamorado al banquero con mirada de odio y no lo vió. Acaso aquel día se habría marchado a la aldea, adonde poco después de la terrible escena en su casa se había ido su familia, según la costumbre anual. Sergio se advirtió invadido de melancolía; reabrióse y sangró la reciente herida del engaño. Luego, en el diván de El Avance hizo a Juan del Lirio la confesión de todo su drama.
El compañero le animó con algunas sabias máximas de su experiencia.
—El ramo de criadas—dijo—tiene, en efecto, procederes indelicados. Ha hecho usted mal en confiar. Carece usted de experiencia, y me causaría satisfacción que mi ejemplo pudiese ser provechoso para usted. De todas maneras, lo que a usted le ocurre no tiene interés.
Suspiró y pasó la mano por sus cabellos.
—Dramas, los que yo vivo, compañero. No puede usted ni soñar... ¡Si yo quisiese escribir novelas!...
Adoptó a su vez el tono confidencial.
—¿Sabe por qué no vine anoche al periódico?... ¿Recuerda usted aquella mujer que fué al baile conmigo?
Sergio indagó, después de explorar en su memoria.