—¿Aquella tan gruesa?

Muñiz vaciló antes de afirmar. Sí... un poco gruesa... pero tenía las carnes como el mármol.

—Ya le dije que yo tengo la desgracia de tropezar siempre con histéricas. Anoche me recibió a obscuras, envuelta en una túnica blanca, con la melena suelta. Entraba la luna por los cristales de la galería y ella me esperaba en aquel raudal de luz. Quiso que yo recitase unos versos que la he dedicado, y ella fué, ínterin yo declamaba, tocando levemente en el piano el «Sueño», de Manón. La poesía es estupenda. Voy a decirle a usted...

Y a media voz repitió las estrofas. Hablaban de una noche de verano. El poeta había salido a recorrer por los montes, porque se le había incendiado en lujuria toda la sangre. Por fin encontraba una fuente; pero a su alrededor había siete ninfas, que resultaban ser los siete pecados capitales. El desdichado seguía abrasándose y trotando por valles y colinas. De pronto sonaba una música: era la música de las esferas celestes, verdaderamente inefable, entre la que se distinguía el arpa de la luna. Todos los astros expresaban de este modo su condolencia por la satiriasis que aquejaba al poeta, y le decían: «¡Amor, amor!» Él gritaba también desesperado: «¡Amor!», y la fuente suspiraba asimismo, excitada por aquel espectáculo. Se advertía después que temblaba la tierra, «como una amada ardiente», y un fantasma envuelto en gasas corría a los brazos del vate. ¿Era un rayo de la luna? ¿Era su novia?... El poeta no lo sabía. En aquel instante todo le era igual. Los instrumentos siderales terminaban acometiendo un fortísimo, y el escritor agradecía el interés que demostraban por sus ansias carnales.

—Cuando terminé, los dos teníamos los ojos llenos de lágrimas. Después, entre mis brazos, ella tuvo una de esas crisis de histerismo. «¡Llámame Filis, llámame Filis!»—decía. Y yo:—«¡Mi Filis divina, mi Filisiña adorada!...» De pronto se queda rígida, pone en blanco los ojos y comienza a debatirse en un ataque y a gritar. Figúrese usted el tremendo conflicto, porque tiene alquilada una habitación a un empleado de Aduanas, que podía acudir y sorprendernos. No pude salir hasta el amanecer.

Hizo un gesto de profunda amargura.

—Estas escenas acaban conmigo. Tengo el corazón destrozado, los nervios rotos; sé que mi vida será corta; pero la habré consumido en amar.

Rodeiro interrumpió el diálogo con un saludo:

—Buenas noches a todos. Y denme el pésame.

En el despacho del director suspendióse la charla.