—¿Qué le ocurre entonces a don Amaro?

Lo peor, lo peor que ocurrirle podía. Aquella mañana habían llegado las órdenes de ascenso y estaba trasladado a Segovia. Con la categoría a que ahora se elevaba ya no podría nunca, hasta alcanzar el retiro, desempeñar sus funciones en la provincia. Su dolor era grande.

—Estuve a punto de renunciar a todo...

Intentaron consolarle; pero él se obstinó en sus lamentos. Fuera de Galicia viviría en una eterna nostalgia. Él no se sentía hermano de un rudo aragonés, de un frívolo andaluz, de un castellano seco y rígido. Eran otras razas, como eran otras las tierras en que vivían, sin la dulzura, sin el tierno encanto de las tierras galicianas; países en los que se creía que el gallego es un eslabón entre el hombre y las bestias; que vive en la inmundicia y en la sordidez; que habla una jerigonza en la que la o es cambiada en u; que es incapaz de toda delicadeza... ¡Dulcísimo idioma de la poetisa del Sar y del enamorado Macías, en que el amor tiene una cuna de palabras mimosas y blandas como el plumón de un ave!

En el enternecimiento de su espíritu Sergio escuchaba las frases de su protector, refiriéndolas a su obsesión penosa. Se preguntaba en qué otra lengua podría hallarse un nombre tan suave, tan bien timbrado, tan justo para representar la mariposa—con la fragilidad de sus alas bonitas, con el ir y venir ocioso de su vuelo juguetón, vacilante—, tan grato para ser dicho, que tanto se hincase en el alma y se fijase en la memoria como el amado nombre de «volvoreta». Repitió la palabra una vez y otra vez, saboreándola. Sintió entonces en el corazón como un ansia de ser poeta, para rimarla, para poderla engarzar en otras muy tiernas, henchidas de saudade, de agarimos, de dulce y tembladora emoción... Hacer un collar de inmateriales palabras y ceñirlo a aquella alma que un vuelo juguetón trajo hasta él y otro vuelo juguetón había llevado. ¡Volvoreta, volvoreta!...

Amaro recordaba entonces unos versos de Pondal, quejumbrosos y solitarios y sencillos, como el alalá de un mozo en un anochecer:

San Pedro de Bradomín

n’a pobre terra de Xallas:

¡cánto fai que non te vin!

Y Sergio pensó en la Gándara y se llenaron sus ojos de llanto. «¡Cuánto tiempo hace que no te veo, amada tierra de la Gándara!—meditó—. ¡Cuánto tiempo hace!...» Y la nostálgica marea creció en él: su espíritu se aromó con el aroma bravo del bosque donde él creyó a veces ir a encontrar el lobo de los cuentos, y con el aroma que traían los aires del mar, y con el aroma del tojo quemado en los hogares; se arrodilló ante el recuerdo del pinar rumoroso, siempre en verdor, y de las tardes en que las casas enrojecían bajo el beso del sol, y de los días en que la niebla guardaba en algodones el campo, y de aquella lluvia sugeridora que invitaba a sentarse en un rincón de la galería y a soñar, hablando en pereza.