Él quería vivir siempre allí; tener un caballo que le pasease bajo los toldos de zarzas de las corredoiras, y una lancha en que acunar su melancolía en el quieto mar, cerca del romántico rincón en que se alzaban las ruinas del castillo poblado por él con los fantasmas de los héroes de El lago de Limia y de Los hidalgos de Monforte. Y que cuando en el atrio de la iglesia su cuerpo hallase una tumba, los señores de la Gándara que tuviesen asiento en el presbiterio dijesen al salir de la misa:
—Ved dónde yace un amador desgraciado que no pudo nunca olvidar.
Alguien preguntó:
—¿Cuándo marcha, Rodeiro?
—Dentro de un mes.
Abelenda decidió marchar también. Regresaría a la Gándara, después de escribir a Volvoreta una carta rebosante de amargura, en la que le culpase de haber destrozado para siempre su alegría. Pensó súbitamente que quizá su madre se negase a recibirle. Se vió forzado a deducir que no le quedaba otro camino que el de América; iría a América a morir sin ambiciones, sin cariños, encerrado en una fiera misantropía. Durante toda la noche contempló ceñudamente su porvenir. Hizo en una cuartilla el borrador de la carta a la ingrata, rebosando lirismo; pero se acordó de la incomprensión en que habían quedado las otras epístolas y desistió de enviarla. Rompió el papel lentamente y aventó sus trozos.
—Soy—decidió—el más desventurado de los hombres.
Y la seguridad de esta supremacía le hizo quedarse más satisfecho de sí mismo.