Amaro Rodeiro no tuvo que insistir para convencimiento del mozo. Le había dicho con voz grave, con cierta tristeza en la ancha faz bondadosa:

—Es preciso que vuelvas. Se acabó la aventura. Tu madre conviene en que no se hable jamás de lo ocurrido. Cree la pobre que estos meses de vida fuera de su amparo te han servido de lección. Ahora quedarías abandonado en la ciudad. Mi ascenso me obliga a partir... ¡Otra vez a Castilla!...

Había suspirado melancólicamente. Añadió:

—Esta tarde marcharemos en mi tílburi.

Y Sergio calló, también melancólico.

Partieron. Fué como una caminata hacia la paz. Cuando la copa de un árbol ocultó la última pared blanca y el más saliente tejado rojo del pueblo, llegó el blando sosiego campesino hasta el último rincón de sus ánimos. Atrás quedaban las preocupaciones ciudadanas, dispersas como tropel de brujas sorprendidas por el canto del gallo o por la aparición del ofuscante sol a la mitad de su aquelarre.

Sergio iba sintiendo poco a poco penetrar en él la suave paz campesina y levantarse evocadores mil recuerdos sutiles, como si volviese de un largo destierro. Callaba, mirándolo todo con avidez. En el polvo de la carretera, las rodadas le parecían como la indicación bondadosa que en los cuentos de niños guía a los personajes hacia la hospitalaria casita del bosque o hacia el palacio extraño donde un buen rey de barbas blancas pide la solución de tres enigmas como precio fijado a una breve mano de princesa.

Al pasar el coche, saludaba un campesino o miraba, curiosa, una mujercilla jineta en un caballejo de piel obscura, de larga crin. Todo era quietud veraniega; hasta en el cansado rodar del coche parecía sentirse el mandato imperativo de la calma. Humeaba una casita junto al charco de una represa, y un álamo negro, torcido, parecía ir a caer para formar puente sobre el terso cristal. Y en un recodo se mostró de pronto la ría, plana, inmóvil, en el verde vaso de los montes que la rodeaban; y en medio de un intenso azul, robado al cielo, la mancha sepia de una dorna, y en la dorna la motita roja de un pañuelo de mujer, que volvía acaso de mariscar en los bajos arenosos que descubría el reflujo.

La amargura de su desengaño tuvo aún un aleteo en el alma juvenil, al divisar los grandes olmos de la carretera de la Gándara. Pero el mismo paisaje amigo le devolvió la paz. Deseó fundirse en él. ¡Sentirse árbol, sentirse mata, sentirse hierbecilla!... ¡Dios mío; si pudiese contarse todo lo que dice al alma el enorme silencio de la tarde aldeana!... ¿Quién lo narró jamás? ¿Imagináis el contraste de la verdad con el artificio del poeta que busca palabras, del pintor que elige colores? ¿No habéis advertido muchas veces esta sugestión del campo, esta enérgica reclamación que hace de vuestra alma, de vuestro cuerpo mismo? Llegáis; habéis saltado del automóvil o del coche; tenéis en lo íntimo cierta sensación de hombre que está descentrado, fuera de medio; que condesciende a pisar el barro de los caminos estrechos y a escuchar la infantil charla aldeana; entráis como un ateo cortés en un templo. Y poco a poco, el recogimiento, la grave quietud, penetra en el alma como una suave admonición, y corre por vuestro espíritu como si hallase abierto en él un viejo cauce. ¿Qué eres tú, voz aldeana, qué eres tú, que tienes tan aguda angustia en tu paz?

Y la voz habla lentamente, y el alma la oye con un íntimo amargor, como una mujer que llorase al saber la pena de un amador desdeñado.