Eres la verdad. Eres el aldeano ignorante, que no siente el ansia ponzoñosa de saber; que siembra y recoge; que al sembrar piensa que el desamor ajeno no puede estorbar el crecimiento de la planta nueva; que al recoger tiene el alto orgullo de su obra. Eres la mujer sencilla que no sabe engañar. Eres la ley sabia y la ley fuerte de la Naturaleza. Y en ti es santa la ignorancia del hombre y en ti es santa siempre la caricia de amor, por ser de amor, y en la fuente donde bebió un sediento, bebe otro sediento, feliz por hallar el agua fresca y rumorosa, sin el escrúpulo atormentante de que otro cariño descubrió antes el manantial y aplicó a él sus labios ansiosos.
Y la voz aldeana os dice:
—Tú eres así también; tú debes ser así; las pobres ideas tuyas son como las plantas parásitas de mis campos, y ellas te han podido ocultar la verdad.
Y sentís entonces un punzante dolor, como si hubieseis negado a la madre humilde, a la madre buena, porque no fuesen de moda sus vestidos o fuese torpe su hablar. La vida debiera ser así: conocer tan sólo los pequeños misterios, las pequeñas sensaciones del campo, sin torturas, sin retorcimientos del alma. Sentirse aldeano rudo. Mejor, sentirse alondra que canta, cuervo que pasa, mastín perezoso y atento a la vez. Mejor aún: sentirse árbol, mata, hierbecilla.
Ser primero semilla en el surco, en la grieta, donde el azar la pusiese. Romper la tierra, subir. Ser alfombra blanda, ser sombra amparadora. Gustar el bien de soportar un nido; gustar la alegría de la lluvia y la caricia del sol. Y a veces, cuando el viento llegase del mar o bajase de las montañas, mover la copa poblada y cantar como cantan los árboles: sordamente, con un contenido placer de sanidad.
Y al fin, un día, muchos días, ir muriendo poquito a poquito, secándose una a una las hojas, haciéndose leñoso el tronco flexible; y morir así con la más bella muerte, sin saber de pasiones, sin saber de tristezas, sin saber del bien ni del mal. En un divino egoísmo; con un alma diminuta, extraña, que no conociese una traición, que no debiese una gratitud, que no hubiese soñado nunca con moverse del palmo de tierra del barranco o del cerro donde cayó una vez la semilla que trajo una ráfaga loca.
¡Si se pudiese borrar la vida y recomenzarla! ¡Si se pudiese elegir! ¡Si pudiésemos matar el germen atormentante, venenoso, de la vida ciudadana!... Con qué tristeza se piensa que en todo el campo no hay tierra bastante para sepultar el maleficio del ambiente vivido, tan poderoso que una sola amargura suya entenebrece. Con qué devoción, con qué ansia extrahumana se recibiría la limosna de esta paz en que nos sentimos extraños.
¡Oh, ser árbol, ser roca, no saber, no querer, no importar nada, no tener un alma enloquecida siempre con uno, siempre en un monólogo de obsesión, de tormento!
Pero en el joven el ambiente amigo recuperó súbitamente su influjo. ¡Tanta ternura había en el olor de la brisa que llegaba del mar, atravesando el bosque de pinos!... Cuando abrazó a doña Rosa, grave, pálida, rompió a llorar. Luego, ante el severo retrato de su padre, entogado, solemne, tuvo la tentación de una reverencia.
Amaro cenó con ellos, para atenuar lo violento de las primeras horas. Después, acodado en la galería, mirando la negrura de la noche, esperó a que enganchasen el caballejo que había de llevarle a su caserón. Isabel asomóse también. Callados, desvaída la atención en la sombra infinita, permanecieron así largo tiempo. Un fuerte aroma campesino crecía en la tibieza del aire encalmado. Débiles rumores llegaban alguna vez, acaso el zumbido de un insecto, acaso el rozar de las tiesas hojas de maíz contra el cuerpo del invisible perro vigilante que atravesaba la era... Muy lejos se oyó el chirrido de los carros que venían de las aldeas remotas a buscar la arena de la playa. Entornando los ojos, Isabel hacía llegar los destellos de algún astro de cambiante color hasta la misma tierra tenebrosa, claros y rectos como un haz de saetas milagrosas de suave luz.