En la casa de los Solís había una ventana iluminada: la del oratorio donde doña María, entre su servidumbre, guiaba con suspirante voz el santo rosario. Las cuentas de azabache eran invisibles sobre su negro traje; destacábanse en el marfil de las manos y volvían a fundirse con el triste luto. Ella, cerrados los ojos, pálida, esquelética, gemía las palabras de la oración, que el murmullo de voces le devolvía. Después, cuando los servidores marchaban, aún rezaba largamente ante el Cristo sangrante y trágico, cuya sombra hacía temblar en la pared la lamparita de aceite. Cada noche doña María pronunciaba un nuevo voto de sufrimiento, de penitencia cruel, a cambio de la vida de sus hijos, más transparentes, más ahilados de mes en mes, cargados de amuletos ineficaces, tristes, serios...

Isabel dijo al fin, en voz baja, como si temiese romper el encanto de la enorme quietud:

—¡Cuánta paz hay en la noche! ¡Parece que alrededor de nosotros todo ha desaparecido!

Rodeiro calló. Pasaron unos instantes.

—Isabel.

—¿Qué?

Pero Rodeiro tornó a enmudecer. La joven contempló nuevamente la estrella diminuta para prolongar sus hilos de luz. Otra vez, pero más mimosa, más cerca, más apagada, la voz varonil susurró:

—Sabeliña.

Y siguió todavía más próxima:

—Tengo que decirle que estoy enamorado de usted, que siempre estuve enamorado de usted...