Un silencio. La voz, más emocionada, casi temblorosa, agregó:
—Dentro de un mes marcharé; si quiere, antes de un mes nos despedimos los dos de la Gándara en la iglesia de Santa María...
Al dar las once el reloj, doña Rosa miró, soñolienta, la esfera:
—Ya son las once.
Sergio repitió con la misma entonación de escándalo de su madre:
—¡Ya son las once!...
En la estancia parecía haberse amortiguado la luz; había un suave sopor en el ambiente, en las personas, en las cosas. Se había oído correr en la puerta los pasadores de hierro, y después, las pisadas estrepitosas de los zuecos de Chinto, que regresaba, cumplido aquel su último deber de la jornada. Rafaela, antes de subir a su alcoba, había entrado en el comedor. Arrimada al quicio, con sus manos ocultas bajo el mandil, contemplaba a Sergio visiblemente, casi maternalmente complacida de su regreso. Chinto apareció también a recibir órdenes. Era preciso que acompañase a Rodeiro con un farol por entre los campos tenebrosos. Rafaela inquirió, viendo soliviarse a Sergio en su silla:
—¿Tiene sueño ya?
—Sí, tengo sueño.
—«Allá» no se acostaría tan temprano.