—Llevan espadín, doña Rosa. Me consta.

La madre se dejó vencer. Como pariente del coronel, el cura comprometióse a suministrar más amplios detalles y a traer de la ciudad los libros precisos; más aún: él ayudaría a Sergio en los estudios conforme su humilde ciencia se lo permitiese. Un par de veces por semana que fuese a la rectoral. Ya era tiempo de decidirse: diez y ocho años hechos por San Juan y sin camino abierto... Los vicios podrían posarse en él, a pesar del edificante ambiente de la casa. ¡A estudiar, señor!... Y así quedó decidido el porvenir de un Abelenda.

Pero Sergio acogió de mala gana las áridas materias de la preparación. Especialmente entre los millares y millares de nombres de la Geografía postal, su memoria naufragaba. Bajo la vigilancia de su madre o de Isabel, sentado cerca de ellas en la galería, le irritaba, en medio de una distracción, la voz que le recriminaba con acento eternamente igual:

—Estudia, Sergio.

Y optó por hacer del jardín su lugar de estudio, al amparo de sutiles pretextos. Una hora después de comer bajaba con sus libros y se tumbaba sobre la hierba, bajo la sombra de los manzanos y de los perales mandados plantar por doña Rosa en un triunfo del utilitarismo sobre la estética. Y tumbado cara al cielo, se dejaba mecer en el poderoso runrún de vida del campo: el insecto zumbador, la inquietud de las hojas, el agua de los surcos... todo, en fin, lo que entraba en aquella vibración perenne, en aquel hervor de existencias a ras de la tierra, sobre la tierra y bajo la tierra; la mies que ondea, los pájaros piadores, el topo que socava, y el viento y el mar y los regatos y las nubes lentas, de formas cambiantes, que al pasar ante el sol hacían correr unas largas manchas de sombra por el suelo.

A veces, por entre los podridos barrotes que separaban ambos jardines venía Juan, el hijo de la vecina señora de Solís, a solicitar de Sergio una fruta. La casa de los Solís estaba contigua. La envolvía siempre una preocupación de tristeza. Ni en las ferias, ni en las romerías, ni en las reuniones en que se juntaban de cuando en cuando los señores de la Gándara, se vió jamás a los vecinos de los Abelendas. Tan sólo alguna vez, en las mañanas veraniegas, doña María, envuelta en sus negros vestidos, flaca y adolorida, paseaba por la carretera el cochecito en que su hijo menor estaba, hacía tres meses ya, entablillado, tieso, siempre mudo, lívido, como un cadáver que sólo conservase vivos sus ojos, ojos grandes que parecían tener la grave mirada de un hombre maduro, en aquel cuerpecito enclenque de siete años.

Doña María de Solís había tenido cinco hijos. Al cumplir los diez y seis años murió el mayor; cerca de ellos también murió la segundogénita. Doña María, arrebatada de horror y de duelo, se propuso defender a los aún vivos contra aquel horrible destino. Y se enterró en el campo para siempre, dispuesta a la lucha diaria y heroica con la muerte, pero invadida de tristes presentimientos. Todos cuantos medios de prevención pudo conocer los puso en práctica. Se dormía en la casa con las ventanas abiertas, entre el susto de las criadas aldeanas; se ajustaban las comidas a métodos dispuestos por el doctor; una fámula fué despedida por haber dejado beber a los niños un sorbo de leche sin hervir; ante el temor de que pudiesen, a hurtadillas, comer fruta verde en el huerto, los árboles fueron talados. En el centro del jardín, doña María hizo construir una choza de tablas bien unidas, techada de cristal. Allí, tendidos sobre un colchón, todos los días sus hijos tomaban, bajo su dirección meticulosa, un largo baño de sol. El sol era la máxima esperanza de la madre infeliz; ella había oído asegurar a alguien la salvación de un hemoptísico por ese medio. El doctor consultado no negó la posibilidad. Doña María entonces sintió encenderse la llamita de la fe en su pecho. Si podía curar, ¿cómo no había de prevenir?... Y el sol iba tostando, a la hora de sus mayores energías, los cuerpos delgados y angulosos, de fina piel, de Maruja y de Juan—al pequeñín no podía sacársele de su tabla—, cuyos quince y cuyos diez años iba viendo doña María, con una mezcla de temor y de confianza, aproximarse al plazo fatal.

Esta tarde, como casi todas, Juan asomó el estrecho cráneo entre los barrotes y siseó, para advertir a Sergio de su presencia.

—¿Me das una manzana?

Pedía con una vocecita triste, con acento aldeano, alargando las vocales. Estaba envuelto en un mandilón de luto que hacía mayor su palidez de raquítico. A Sergio le inspiraba una piedad mezclada con repulsión, una repulsión orgánica: la del fuerte para el débil. Cuando, alguna vez, tocaba las manos del niño, siempre frías, frotaba luego las suyas, sin darse cuenta, contra las ropas.