—¿Me das una manzana?

—No hay manzanas hoy.

Retiró un poco la cabeza el pequeño, y se elevaron más los arcos de sus cejas inclinadas hacia afuera, en una constante expresión penosa. La mirada de sus grandes ojos vagó por los árboles. Volvió a hablar, lento, con su tono de mendigo:

—Sí las hay. Yo las veo.

El joven le entregó la fruta apetecida, de mal humor. Luego fingió abstraerse en el estudio. Pasó un rato aún. Federica apareció de pronto en el extremo de la calle de arbustos, con un cestón vacío en sus manos. Sergio miró rápidamente para la verja donde, entre yedra, la pálida cara de Juan permanecía aún, contemplándole.

—¿Todavía estás ahí?—gruñó él, incorporándose.

Se sentían cercanos, al otro lado de la valla, los pasos de la criada de los Solís, que volvía arrastrando el cochecito del enfermo. Juan ocultó apresuradamente la manzana bajo su ropa y huyó, temeroso. Entonces Sergio volvió a inclinar su cuerpo, medio soliviado, para contemplar a Federica, que había arrojado al suelo el cestón y comenzaba a llenarlo con los frutos de que despojaba a las ramas. Y cuando el joven se vió sorprendido en su mirada por la de la moza, preguntó, como si quisiera justificar su curiosidad:

—¿Para quién son?

—No sé, señorito; me mandó doña Rosa.

Y él volvió los ojos al libro. Pero sentía palpitar su corazón en el cobarde deseo de hablar algo más. Poco a poco, en los quince días que la joven llevaba en la casa, había ido sintiendo crecer su interés por ella. La tez levemente rosada, los grandes ojos cándidos, de verde tono; el pelo del color de la miel, de un rubio apagado; el joven cuerpo arrogante, lleno sin abundancia, de turgencias firmes, había ido grabándose, detalle por detalle, en el recuerdo de él. Noches atrás, en el obscuro corredor que conducía a la cocina, se habían tropezado sin verse. La mano del varón, en la instintiva defensa, se apoyó fuertemente en el pecho de Federica. Ella rió, tras un «¡Jesús!» de susto. Él quiso reir también; pero su mano conservaba la sensación del dulce contacto, y al evocarla aún quemaba más la sangre en sus venas.