El deseo de hablar, de decir a la joven cualquiera palabra, por banal que fuese, se acrecentaba en aquella soledad del rincón huertano y se hacía en Sergio casi doloroso. Miraba ir y venir la gentileza de aquella figura—quizás demasiado plena ya, demasiado hecha para sus diez y seis años—, y la frase que parecía ir a brotar no se formulaba en su cerebro.
Federica, al fin, llena la cesta, volvióse hacia él:
—¿Quiere ayudarme, señorito?
Y él acudió, y alzaron la carga hasta la cabeza de la servidora.
—¿Va bien?
—Va bien; muchas gracias.
Se alejó hacia la casa. Volvió Sergio a tenderse y a mirar al cielo y a soñar, ahora con un fuerte latido en sus arterias. En el ensueño se refugiaba su timidez de muchacho alejado por la vida aldeana del trato con el sexo femenino. Sus vagos anhelos, los requerimientos de su sana juventud no habían tenido nunca más que una sola concreción sentimental, grotesca—él se lo confesaba: grotesca—. A los diez años Sergio se había enamorado profundamente de Celsa Ruiz, ya casada entonces con Poupariña, José Poupariña, el dueño de la casa del Pinar. Celsa Ruiz era gran amiga de Isabel y solía pasar las tardes en la quinta de los Abelendas. Desde su rincón, Sergio la miraba arrobado. ¿Sabéis lo que son esas prematuras pasiones de los niños, tan frecuentes, tan tiernas, conservadas en un extraño secreto, llenas de detalles conmovedores, que después la gravedad de los años va haciendo olvidar?... Sergio guardó una horquilla caída de la amada cabeza y el hueso de una claudia que ella comió, y vagaba por el Pinar para extasiarse en la blanca casa de Poupariña, y un día en que Celsa le besó como se besa a un niño, Sergio corrió a su alcoba, enloquecido, y se arrojó sobre la blanca cama y rompió a llorar.
Nunca otro nombre tuvo para él la dulce música de aquel nombre. Su exaltación cristalizó en unos versos absurdos en los que mezcló todos cuantos tópicos habían ido dejando en su memoria las lecturas escolares. Les tituló A C***, con tres estrellitas junto a la C, como escapándose por su boca abierta, como él había visto en dedicatorias análogas. Luego pensó que el nombre de Celsa tenía cinco letras y le pareció imprescindible añadir una estrellita más. Tus ojos—decía el primer verso—Tus ojos causan enojos...
Dos años duró esta pasión. Celsa dejó de pronto de hacer tan frecuentes visitas a Isabel. Advertía Sergio, alarmado, un evidente desmejoramiento en la amada. Celsa estaba pálida. Celsa tenía unos cercos obscuros en los ojos. El mal fué creciendo. Se hundieron las suaves mejillas, se ensanchó la cintura, se deformó el cuerpo adorado en una lamentable hinchazón. Celsa caminaba lentamente, gemía alguna vez, y, cuando engullía en el amplio mirador, a la hora de la merienda, el sabroso dulce de cerezas de doña Rosa, se lamentaba:
—Acaso mañana no pueda venir a probarlo. Sírvame un poco más, doña Rosa. ¡Qué manos de mujer! ¡Cómo sabe darle el punto al almíbar!