Y un día, en efecto, no fué; ni al siguiente, ni en la semana, ni en el mes. Sergio supo que no salía de la casa del Pinar. ¡Oh, si ella muriese!... El rapazuelo se entenebreció, obsesionado por la fúnebre idea; comía poco; vagaba, siempre que podía escapar, por los alrededores de la blanca casita, jaula de la doliente. Cierta noche, después de un día angustioso en que la lluvia había impedido su habitual correría, oyó pronunciar entre la servidumbre, sentada en torno a la amplia mesa de la cocina, el nombre del señor del Pinar. Chinto había estado allí aquella tarde, a llevar un regalo de la señora: un bote del dulce tan grato a la enferma. Entonces Sergio inquirió:

—Y ¿sabes cómo está doña Celsa?

—Va marchando—contestó el labriego.

El niño insistió, tras una pausa, fijos sus ojos en el ascua del hogar, con la emoción de quien teme perder para siempre algo muy caro:

—¿Quedará siempre así, tan hinchada?

Estallaron risas unánimes. Chinto, socarrón, uniendo sus manazas en torno al cuenco de barro, replicó:

—No quedará, hom, si Dios quiere.

Sergio indagó, cándidamente intrigado por las risas:

—Entonces, ¿qué tiene?

—¡Ay—zumbó Chinto—, lo que tiene que te lo explique el señor Poupariña, a ver qué demontres le hizo, que él lo sabe bien!