Tornaron a sonar las carcajadas chillonas. Rafaela, riente también, censuró:

—¡Vaya, Chinto!...

Sergio, azorado ante la hilaridad inexplicable, enmudeció y se fué; pero a solas interrogó al criado:

—Dime ahora qué tiene doña Celsa.

—Y ¿qué va a tener, rapaz?... Está embarazada.

E hizo un breve y brutal comento, riéndose apagadamente, con la negruzca punta del cigarrillo colgando, pegada a un solo labio.

Aquello fué un golpe de hacha en la pasión infantil. Vibró de indignación y de asco su tierno espíritu. Durante varios días se obsesionaron en su oído las palabras del gañán, y le martirizaban más agudamente aún que un sufrimiento físico. Nada fué entonces tan innoble para él como Celsa. Su imaginación se la representaba de continuo entregada a actos repugnantes, que él no podía precisar concretamente, en unión del protervo Poupariña. Y odió a Poupariña, a sus ojos saltones, que se le antojaron desencajados por curiosidades abyectas, a su barbita de chivo, a sus manos peludas... ¿Cómo podría Celsa soportar las caricias de aquellas manos de ogro?... Celsa murió dolorosamente en el corazón del rapaz; quedó bajo la losa de un recuerdo de humillación y asqueamiento. La revelación brusca de la triste y miserable verdad de la vida casi enfermó al niño. Una noche, heroicamente, rompió sus versos y tiró por la ventana, al obscuro jardín, el hueso de claudia amorosamente guardado. Lo tiró con tanta rabia y con tanto desprecio como si hubiese estado en la boca de Poupariña, bajo el bigote, en el que un día, comiendo en el Pinar, vió quedar colgantes unos pequeños trozos de fideos.

Desde aquella ocasión desventurada, Sergio no volvió a sentir al amor llamar francamente a las puertas de su corazón ya juvenil. Pero el ansia palpitaba en su interior y él sentía muchas veces sus estremecimientos, como las madres sienten los de los hijos ocultos aún en sus entrañas. Y ahora era Federica la que le agigantaba, de una manera bien distinta, ciertamente, a aquella de los años de la niñez, sin tópicos en verso, sin el ensueño candoroso, sin huesos de claudia guardados a hurtadillas, con una mareante emoción en el alma trémula. Ahora, Sergio, más que manías de fetichismos amorosos, tenía la de recorrer frecuentemente el obscuro pasillo que unía el comedor con la cocina, y cuando, por casualidad, la nueva criada transcurría al mismo tiempo por él, irremediablemente tropezaban.

Aquella tarde, caídas ya las primeras sombras azules sobre la aldea, Sergio halló a Federica en el umbral. Con esa brusca valentía que a veces tienen los tímidos, él, alentado por el ambiente y la soledad confidencial de los anocheceres, le asió una mano por la espalda, como en juego, y al volverse la moza, aun sin intentarlo, el brazo de Sergio rodeó el talle femenil, libre de corsé, en el que la carne palpitaba. Los grandes ojos verdes lo miraron con su cándida serenidad. Sonreía él, azorado. Dijo Federica, en voz baja, con un misterio de cómplice:

—Suelte, que van a vernos.