Sergio entró en su cuarto. En los vidrios del balcón, el fondo negro de la noche hacía espejo para su imagen. Desde fuera, aquella ventana iluminada tendría a lo lejos un apacible encanto misterioso. ¡Oh, el grato hogar!... Desnudóse, se zambulló en el lecho, apagó la luz. Oyó el crujido de aquellas escaleras que tantas veces había subido, y que gemían ahora bajo el peso de la anciana criada. Y entonces volvió a pensar en Federica, pero sin rencor ni pasión, como algo muy distante ya. Pensó un minuto. El sueño envolvía en gasas su facultad evocadora. ¡La cama era tan blanda, tan amparadora la quietud, tan profundo el recogimiento de la noche!...
Y casi vencido ya por el sopor, recordó con el mismo espanto de Rafaela aquellos hombres que a esa hora comenzarían su labor en El Avance, llenando cuartillas con «esas cosas» complicadas y absurdas que «se ponen» en los periódicos...
FIN
Nota de transcripción
- Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.
- Se ha respetado la ortografía del original, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
- Las páginas en blanco han sido eliminadas.