—¿Es que hay misión en la iglesia?
Doña Rosa rechazó la sorna de la pregunta:
—No hay misión, republicanote; no hay misión, aunque buena falta hacía. ¿Es verdad que le da a usted ahora por escribir en El Avance?
Rodeiro sonrió:
—¿Quién lo dijo?
—Lo dijo don Miguel.
Rodeiro se acomodó en una silla, echando hacia adelante el robusto pecho, que parecía ir a hacer estallar la pana.
—No; no es totalmente exacto. No puedo negar que los de El Avance me han pedido que les lleve algo alguna vez. Pero hasta ahora estoy indeciso. Lo que hice el otro día fué un suelto contra don Rosendo, el cacique de la Gándara. Bien lo merece, ¿eh?... Ya sabe usted cuánto daño le debo. ¿Leyeron el artículo?... No estaba mal. Firmaba Oriedor, un seudónimo que se me ocurrió: es el apellido al revés.
Se dejó admirar, retrepado en la silla.
—Pero de eso a que me haya alistado con ellos, hay un abismo... Yo tengo mis ideas; voy más allá. Creía en Rosales, ¿sabe usted?... En Rosales, sí, ¡caramba!... Tan austero, tan grave, tan puro... Toda aquella gente lo adora. A los «fondos» de El Avance que hace él no hay nada que pedirles. Realmente, el partido tiene fuerza en la ciudad y gana elecciones desde que ese hombre está a su frente... Sin embargo, tengo que confesar que hoy... que hoy me encuentro un poco distanciado de él... Hay cosas...