Hizo chasquear la lengua, con un gesto de disgusto en la ancha cara. Luego, como adoptando una resolución, contó:

—Aquí, en confianza... El otro día jugábamos en el Casino... entre amigos... por distraernos... Tallaba yo. Entonces entró Rosales y dió unas vueltas alrededor de la mesa, y al cabo de un rato apuntó una peseta. Ganó. Se me ocurrió pensar: «He aquí una ocasión de conocer a este hombre», y al pagarle grité, como si me distrajese: «Dos, que hacen cuatro», y le dí cuatro pesetas. «Si es el hombre austero que imagino, las devolverá», me dije. Pero Rosales se guardó las cuatro pesetas y se marchó. Al llegar a casa anoté en mi diario: «Todos son unos.» Y para mí es como si le hubiese puesto un epitafio.

Doña Rosa opinó:

—No debe usted jugar.

Él hizo un mohín:

—No juego casi nunca, más que por distracción. Jugar alguna vez está bien. Debiera ser obligatorio. Presta energía, acostumbra a la conformidad con la desgracia. El jugador piensa: «Ha venido la mala»; y tiene la fortaleza de la fatalidad.

Isabel le miraba cariñosamente:

—Y ese ascenso, ¿cuándo llega?

Él hizo un gesto ambiguo:

—No sé; le temo mucho al ascenso. Pudieran trasladarme, alejarme de aquí, quizás hacerme marchar otra vez a Castilla. ¡Aquella Castilla horrible, seca, amarillenta!...