Su amor a la tierra, siempre extremoso desde que advirtió el menosprecio fuera de ella, se agudizó en aquel instante. Suplicó:

—¿Quiere tocar algo, Sabeliña?

Isabel sonrió, abriendo con lentitud la tapa del viejo piano de teclas gastadas a través de los años por sus dedos. Pasó el índice y el pulgar en cruz por toda la escala suavemente, sin despertar los sonidos. Inquirió, mirando al techo:

—¿Y qué quiere que toque?

Negra sombra. Haga el favor, Sabeliña.

Y Sabela continuó un momento mirando al techo, como si estuviese recordando la melodía que tantas veces había tocado ya. Era la favorita de Rodeiro. Como su voz, un poco dura, no le permitía cantar, seguía a boca cerrada las inflexiones de la triste sonata, elevando las cejas, estirando lentamente el cuello con un leve balanceo de su humanidad, cabeceando. Alguna vez se atrevía a pronunciar en falsete una frase del canto, pronto cortada:

ô pe d’os meus cabezales...

Una noche en Madrid, oyendo cantar inesperadamente en el Real a las masas Clavé este coro, rompió en sollozos, invadido por una morriña gigantesca, y si al salir del teatro pudiese hacerlo, aquella misma noche hubiese tomado el tren para Galicia.

Del viejo piano salieron de pronto las primeras notas melancólicas de la balada. Sergio, oculto en un extremo de la amplia galería, abandonó su libro y se asomó. Con esa admirable facilidad con que el alma sabe encontrar en los paisajes el mismo matiz de su sentimiento, le pareció que la gándara toda estaba invadida de aquella misma suave y enamorada tristeza del cantar. Moría el sol, y al morir besaba a la casita y parecía encenderla en rubor. Los pinos del bosque se iban tornando negros. Todo el campo estaba en una gran quietud, y en una negra parcela recientemente roturada, los montoncitos de tierra y raíces ardían lentamente, dejando escapar columnitas de humo blanco y azul. Cuando el disco luminoso y sangriento se hundió subieron haces de luz enrojecida al sereno cielo de otoño, y la serenidad misma de los cielos cayó sobre la tierra toda. Se hicieron más sombríos los hondos surcos de las corredoiras que cruzaban los sembrados como cauces secos; nació tras el bosque la sutil neblina del mar callado; una creciente vaguedad envolvió el verdor de la tierra, la blancura de las casitas diseminadas, el grupo de castaños de un soto; y en una heredad, el agua de un regato brilló de pronto metálicamente, como una lanza de plata tendida en el suelo. La noche nacía abajo, como nace en la aldea; en los surcos hondos y entre las copas de los árboles y bajo los rústicos alpendes y en las laderas de los montes, donde el rudo tojo comenzaba a cubrirse con su hermosa flor dorada. Y en los montoncitos de rastrojo que ardían se hizo más blanco el humo, y en uno de ellos se vió—cuando las sombras crecieron—la mancha roja del ascua. Al final de la gándara, al través de la noche, parpadeó una luz blanquecina: la de la casa del Pinar...

Sintiéronse, bajo la galería, los pasos pesados de los bueyes que tornaban, conducidos por Chinto, invisibles todos en las tinieblas.