Y hacia aquel tierno desleimiento de las cosas, hacia aquella dulzura, volaban por las ventanas abiertas las notas de las baladas de melancolía, como si volviesen a la tierra que les hizo nacer, para transformarse en el grato misterio de la noche y ser al día siguiente florecillas de tojo o mariposas, o sumarse perpetuamente al rumor de los pinos o al ronroneo del mar, donde el músico las había hecho cautivas, y en aquella dulzura crecía en Sergio la multiforme ansia juvenil: obscuro deseo de llorar, obscuro deseo de cariño, confuso despertar acongojado de recuerdos: el de un verso, el de un rincón umbroso del pinar, el del cuerpo tibio y duro de Federica...
Y Federica entró. Dibujóse toda ella en la luz que llegaba del comedor hasta la galería y hasta un trozo del huerto. Fué descolgando del cordel donde se secaban los encajes trabajados por Isabel, puestos aquella tarde al sol. Cuando se acercó al extremo obscuro donde Sergio anhelaba, los brazos del joven la ciñeron fuertemente. En voz muy tenue, junto al rostro de la rapaza, afirmó como si suplicase:
—¡Te quiero; te quiero!
Y la besó. El cuerpo de la joven, sudoroso por el ajetreo de la jornada, olía a romero, un humano olor a romero. Y aquel olor se obstinó toda la noche en la memoria de Sergio y le permitió volver a gozar el instante dichoso y paladearlo diez veces, cien veces, con la misma fuerza de la realidad gustada.
Cuando Sergio veía salir a Federica por el portón con el enorme lío de ropa, bien atado, puesto sobre la rubia cabeza, marchaba él hacia el río por caminos recónditos. Se encontraban allí. Ocurría una vez por semana. El resto del tiempo, encerrados en un disimulo cuidadoso, apenas si podían concederse una breve charla en el jardín, un furtivo beso en un pasillo, un contacto de apariencia casual cuando Federica servía a la mesa. Todo con un sobresalto, con un temor que hacía palpitar sus corazones.
El río estaba distante, oculto de la casa por la suave curva de la gándara y por tojos crecidos. A sus orillas erguíanse sanguiños y álamos jóvenes de hojas plateadas, que cruzaban sus copas de una a otra margen. Charlaban los novios mientras ella batía en la piedra blanqueada del lavadero las telas chorreantes y enturbiaba el agua con el jabón. Sentía Sergio, viéndola así, un sordo rencor contra la injusticia de la suerte.
—No debías tú venir al río. Mi madre hace mal en mandarte...
Ella le miraba riente, sin compartir su cólera:
—No me hace daño.
—Tú naciste más bien para señorita.