Se sentía halagada y suspendía el recio frote en la tela:

—¿Por qué?

Y le gustaba oir cómo él analizaba sus gracias: las cejas de trazo fino, el suave color de miel del pelo recogido sobre la nuca, los grandes ojos, la silueta airosa, pese a la redondez especial de las formas. Terminaba él:

—Tú eres la hija de unos señores que te abandonaron en la aldea. Cuando menos lo pienses te reclama el príncipe, tu padre.

Una vez preguntó:

—¿Por qué te llaman Volvoreta?

Y ella, sencillamente:

—Por ser así, ¿sabes?, un poco traviesa... Tenía muchos novios... A lo mejor, tres a un tiempo... Los sábados llegaban los mozos de aldeas distantes a llamar a la puerta de nuestra casa para tunar conmigo.

Él calló, pensativo y celoso.

—Era por risa, no creas: no me gustaban. Ya ves, en cuanto pude me marché a la ciudad.