Los domingos eran para el enamorado los días más felices. Esperaba, soñando, la hora de la tarde en que Federica había de obtener licencia para alejarse del chalet. Por la mañana era preciso acompañar a su familia a la misa de Santa María de la Gándara. Atravesaba los caminitos aldeanos sin advertir el airecillo mañanero, lleno de todos los perfumes del monte, ni el brillo del sol, ni aquel aspecto especial de los campos, sin gente más que en las veredas; mujeres engalanadas con pañuelos en la cabeza y refajos chillones o negras faldas de merino, y aldeanos que lucían la blanca camisa de lienzo, y sobre un hombro la chaqueta de remontas de pana; gentes que saludaban respetuosamente, cediendo el angosto paso:
—Buenos días nos dé Dios, doña Rosa y la compaña. ¿Y luego?... ¿Se va a oir la misa?
—Para allá vamos.
—¡Vaya, que Dios les ayude!
La pequeña iglesia, cercana al mar, amarilleaba bajo los líquenes. La cuerda de las campanas caía sobre la fachada, y el acólito las hacía sonar desde el mismo atrio. Don Miguel decía la misa con lentitud. Después, en el presbiterio, pronunciaba invariablemente un sermón, en el que a veces hasta hacía reproches a personas determinadas, a las que nombraba sin eufemismo. Los aldeanos le oían con sumisión. Sus homilías tenían a veces este tono:
—Ved el caso de Mingos, el del Pinar, que hizo un pozo en la Xesteira y se gastó todo el dinero que le dieron en la taberna de la Miñoca. Y su mujer anda layando con el hambre y sus hijos también. Después queréis que con estos ejemplos en la feligresía ampare Dios vuestras cosechas, y cuando pedís que cesen las lluvias no vos acordáis de vuestros pecados. En cuanto a María, la de Gayoso, y a Rosendo el Tolo, que den gracias a que están presentes los señores de Abelenda y de la Cruz del Souto, más los del Pinar; si no, bien les iba a poner colorados por los ejemplos que están dando en todas las corredoiras de la Gándara, que parece que no, pero yo bien me entero de todo.
Después de la misa, en el atrio, los aldeanos formaban grupos pintorescos. Los señores de los contornos que tenían asiento en el presbiterio se detenían también a charlar brevemente antes de seguir los divergentes caminos. El atrio estaba alfombrado de hierba. En un rincón veíase el sepulcro de los Rodeiros—el más hidalgo apellido de la Gándara—, humilde y blanco, con un escudo borroso. Cerca de él, un corpulento castaño lo envolvía totalmente en sombra, y a veces sentábanse las rapazas en la losa para palicar. Poco a poco se diseminaba por el campo el gentío, alegrándolo con los colorines de sus trajes, y don Miguel salía presuroso hacia la blanca y vecina casa rectoral, en hambrienta demanda del desayuno.
Por la tarde doña Rosa y su hija salían casi siempre a visitar a alguna amistad. Entonces Volvoreta, bien rizada, bien gentil dentro de su blanca blusa y de su falda negra, con una anilla de cobre, brillante a fuerza de frotarla con arena, en un dedo, se presentaba a pedir permiso y salía a pasear. Sergio la esperaba en la arboleda y por ella vagaban, al abrigo de las miradas de todos, hundiendo sus zapatos en el musgo, un poco sojuzgado él por esa solemne gravedad misteriosa de los bosques.
Los árboles iban cambiando lentamente el tono de sus hojas. Desde la quinta se veían sus copas como masas moradas y amarillentas y de color sepia y verdes aún.
Cubrían a veces los senderillos del bosque las hojas caídas, y estallaban bajo los pies las pequeñas ramas secas desprendidas por los vientos de otoño. El mar iba tomando un color plomizo, entre la augusta calma de las altas riberas.