Al fin vinieron las primeras nubes en masas formidables, por el Sur. El sol, débil, miró tristemente a la tierra, en una despedida para sabe Dios cuántas semanas. Las nubes avanzaron y cubrieron la redondez del cielo. Aún se sostuvo el tiempo así algunos días. Las primeras gotas sorprendieron a los novios en lo alto del monte, cierta tarde en que Volvoreta había ido a recoger, para el fuego, las piñas caídas de las ramas. Abandonaron el saco a medio llenar y corrieron los jóvenes a ocultarse bajo el saliente de una roca quebrantada por la dinamita para alguna construcción aldeana. Todo el paisaje de la gándara estaba ante ellos. Vieron blanquear, bajo el choque de la lluvia, las aguas pizarrosas de un trozo de la ría; vieron el turbión deshacerse en largos hilos y borrar los horizontes, y, en una cañada frontera, al otro lado de la gándara, fingir humo en los remolinos a que le obligaba el viento. Brillaron las tejas de las casitas, y todas las parcelas que guardaban ya entre sus surcos la siembra de los cereales, se ennegrecieron más aún bajo la lluvia. Recogidos, apretados sus cuerpos, un poco inclinados bajo el reborde de la roca, veían los jóvenes llover, con esa alegría extraña que la lluvia produce cuando se presencia bajo la guarida segura. No hablaban. El espectáculo de un labriego que allá abajo abandonaba su labor, saltando sobre la húmeda tierra, para recogerse bajo un alpende vecino, les hizo reir, gozosos. Y nuevamente enmudecieron, y del vasto espectáculo de la lluvia en el monte redujeron su mirar, un poco abstraídos, a la visión de cómo unos erizos de castaña, vacíos ya, tirados ante la roca, iban siendo limpiados de tierra por el golpear de las gotas, y cómo otros, con sus púas hacia abajo, iban llenando de agua la blancura de su concavidad.
IV
Al través de los surcos que las gotas de lluvia trazaban en los cristales de la galería veíase el campo tan sólo como una informe mancha verde. Sergio, en pie, frotaba sus dedos húmedos contra las láminas de vidrio, y se complacía en arrancar estridentes gorjeos que crispaban los nervios de Sabela.
—¿Quieres estar quieto?—le gritó.
Y él enfundó sus manos en los bolsillos y dió un suspiro ruidoso que empañó el cristal:
—Entonces... ¿qué quieres que haga?... No he visto cosa más desagradable que la lluvia.
Doña Rosa intervino, mirándole severamente sobre sus gafas:
—Yo creo que sí: los libros de estudio.
Él calló. Realmente estaba desesperado contra aquel incesante aguacero que encharcaba los campos desde hacía una semana ya. Las deliciosas entrevistas con Volvoreta habían terminado desde entonces. ¡Oh, aquel tedio de la casa, llena siempre del rumor de la lluvia, alterada alguna vez la quietud por los gritos de Rafaela contra los aldeanos que no limpiaban sus zuecos antes de entrar y manchaban de lodo los pisos!... Sergio iba frecuentemente a la cocina, con el pretexto de fumar. Aunque doña Rosa lo sabía, no consentiría jamás que su hijo arrancase ante ella una bocanada a un cigarro. Desde que era bachiller, Sergio podía fumar en la cocina, por un acuerdo tácito. En alguna de sus frecuentes ausencias, preguntaba ahora la madre a Isabel: