Cuando leas esta novela, ¿qué gesto será el tuyo, eminente crítico?... Yo lo sé. Yo sé que con este puñado de cuartillas te voy a producir un lamentable disgusto. Al llegar al final, tú arrojarás el volumen con desaliento; tú harás un gesto de tristeza que será corregido por un gesto de desdén.
Habrás descubierto que esta novela no tiene tesis.
No tiene tesis, ¡ay de mí!, es verdad. ¿Qué viene, entonces, a hacer al mundo?... ¡Dios mío, no lo sé!... Yo bien comprendo que mi deber sería enriquecer la moral del lector con una máxima, o su experiencia con un relato instructivo. Yo no puedo ni aun alegar ignorancia de mis obligaciones. He leído muchos libros en los que hombres más profundos practicaban esa conducta ejemplar. En unos se convencía a las gentes de que el amor de un anciano a una joven es fuente de desgracia; en otros nos advertían los peligros de querer a una mujer morena y voluptuosa; tal novela me enseñó que el ideal huye delante de nosotros; alguna me instruyó acerca de la crueldad de enamorar a una doncellita provinciana cuando uno está de paso por el pueblo. He visto muchos dramas en los que la fatalidad desanudaba las corbatas de los personajes, por esa extraña relación que la tragedia guarda siempre con las corbatas de los cómicos. Todo esto templa el espíritu, es elevado, es educador. Sin duda las moralejas de los libros van delante de la Humanidad, guiándola por el camino del bien y de la ética escrupulosa, y es triste pecado de banalidad haber escrito estas páginas sin que de ellas pueda salir al final, como de una cajita de sorpresa, un apotegma más que se agarre a las riendas del alma y las separe del sendero del mal, por el que han ido tantos estudiantes enamorados de tantas modistas.
No supe, formidable Fiaño, no supe. Cogí, para hacer la novela, el espejo aquel de la frase de Saint-Real que tomó por lema Enrique Beyle, el que amó la Sencillez tanto como yo la amo, y lo paseé, como él quería, a lo largo de un trozo de camino. Nunca copió mi espejo más que la misma vida, y al rebuscar en ella no encontré el sistemático triunfo de una idea, ni el de la acción moral, ni el de la acción impura. Hace tiempo que ha muerto aquella cruel Fatalidad que pasaba lentamente, con sus ojos inmóviles y sin luz, como los de una estatua, a lo largo de las viejas fábulas. Los hombres la vemos apenas como una sombra alta y negra en los horizontes de la antigüedad. Tras ella hicimos surgir otro fantasma: el del Destino moral. Y el Destino moral pasó por nuestras novelas también rígido, también inconmovible, llevando en una mano el premio y en la otra el castigo, para repartirlos con una severa equidad.
Pasó... Yo no alcancé a verlo en los caminos de la Vida, considerable Fiaño. En las novelas que va tejiendo esa Vida, muy pocas veces se preocupa de escribir moraleja. Las mejores páginas son las que ella sabe trazar, y, sin embargo... ¡cuánta sería tu indignación, erudito Fiaño, si un osado escritor recogiese en un libro alguna de esas novelas!... ¿Te acuerdas de Martín?... Martín era joven, era amable, tenía una existencia lógica y feliz. Un día jugó su partida de tresillo en el Club, comentó las murmuraciones del momento, te dió una palmadita en la espalda y se marchó a dormir. Fué a dormir, naturalmente, tranquilamente. Había de madrugar para despedir a su novia, que iba a un balneario.
Martín se acostó tarareando una mazurka, desprendió los tirantes de sus pantalones con una habitual sencillez... Al día siguiente os enterasteis con sorpresa de que Martín había muerto de una inesperada manera repentina. Algo se le había roto en el corazón. Medita, Fiaño, ¡qué absurda manera de terminar el libro! El protagonista ha jugado a las cartas, tiene una novia que va a emprender un viaje, no hay asomos de tragedia, todo circula por un cauce suave y normal. De pronto la novela termina: el hombre hizo una contorsión entre las sábanas y murió estúpidamente. La vida es así, y en la vida, sin embargo, todo puede ser una novela.
Quizás, austero Fiaño, en el rostro de alguno de los personajes que van a desfilar ante ti creas advertir rasgos conocidos, de seres reales. Entonces te indignarás. En mi descargo yo te suplico que recuerdes aquellas palabras de Beyle, mi consejero:
«—¿Cómo se ha atrevido usted a decir tal cosa? Ha pintado usted a lo vivo a Fulano o a Fulana: eso es indiscreto, poco delicado, terrible.» «Los interpelados sonríen. ¿Qué es lo que han tomado ellos de esas personas? Su superficie de muñecos moviéndose en el aire, mientras que ellos mismos, dando vida a esos muñecos, nos han revelado otras cosas. En su ficción nos dejan ver que han sido los amantes, los amigos cobardes o atrevidos de los personajes que han creado en su novela. Han vivido la vida de todos en una ubicuidad mortífera; han sembrado en cada uno los trastornos, los cariños, los errores, las bellezas, las sequedades, las desesperaciones, los sufrimientos, las alegrías que su personaje, diversificándose, ha imaginado sentir. Y todo esto lo ha exagerado o atenuado según el capricho de su fantasía.»
Lo que mi espejo copió aquí está: una brizna de dolor, una brizna de ironía; una sonrisa y algunos de esos episodios que todos pueden vivir. Si no existieses tú, inmenso Fiaño, yo estaría contento, con la ilusión de haber hecho una labor sencilla y clara. Pero el terrible gesto desdeñoso que adivino bajo tus bigotes me preocupa y me amedrenta.
Fiaño: comparezco ante ti con una novela sin tesis... ¡Perdón, Fiaño!