W. Fernández-Flórez.


I

Erguida en el umbral, doña Rosa Abelenda clavaba el mirar agudo de sus ojos en la rapaza, recogida en una modesta actitud.

—¿Quién te mandó venir?

—Mandóme la señora de la Cruz del Souto.

—¿Serviste tú a la señora de la Cruz del Souto?

—Serví en casa de su hermana, en la ciudad, hay dos años por San Martín.

—Y ¿qué sabes hacer?

La moza balanceó el hatillo que llevaba colgante en la diestra. Miró al ama serenamente: