—Sé hacer lo que manden. Pero en la tierra no puedo trabajar; me enferma. Por eso me puse a servir. La señora del Souto me dijo que aquí se necesitaba una muchacha para la labor casera nada más.
Doña Rosa aclaró:
—Pero tendrás que lavar y tendrás que cuidar de la comida del ganado.
—Bien está, sí, señora.
—Y te daré doce reales al mes y un traje por la fiesta.
—En la ciudad ganaba más.
—Pero esto no es la ciudad. Tú dirás si te conviene.
—Bien está, sí, señora.
—Entonces, entra; te voy a enseñar tu habitación.
La moza entró. En la mitad del pasillo inquirió doña Rosa, sin detenerse: