—¿Cómo te llamas?

—Federica.

—¿Federica?... Ese no es un nombre de criada.

Y se volvió para mirar recelosamente el aspecto poco rústico de la moza, en la que la sencilla blusa blanca y la negra saya y los cabellos rizados junto a las sienes delataban un leve refinamiento ciudadano. Doña Rosa observó con cierto disgusto que los zapatos de la muchacha tenían alto el tacón y que llevaba al aire la rubia cabeza, sin el habitual abrigo del pañuelo de seda atado bajo el mentón, con el que doña Rosa había visto, sin excepción alguna, a toda cuanta criada llamó a sus puertas en busca de jornal.

Federica soportó el examen moviendo un brazo en aquel vaivén que imprimía al hatillo, y que era en ella la expresión de un ligero azoramiento. Explicó, sonriente:

—En mi tierra me llamaban también Volvoreta.

—¿Por qué te llamaban Volvoreta?

—No sé.

Tampoco se mostró doña Rosa muy satisfecha del poético apodo: Mariposa... ¡Hum!... Más bien creía ella descubrir en el remoquete condiciones de travesura y de holganza, de vano ir y venir, de ligereza, que mal se acomodarían al cumplimiento de los deberes de trabajo; siguió andando, y gruñó:

—Más valía que te llamasen Pepa o Manuela, como se suelen nombrar las muchachas humildes. Las mejores criadas que yo tuve se llamaban así.