—Y tú, Souto, ¿qué haces aquí?...
—¡Ya ves!—fanfarroneó el pequeñuelo.
—¿Vienes de enseñarte por las fincas con tu traje de máscara, Souto?
—Vengo de donde quiero.
El enamorado avanzó un poco:
—Pues si te vuelvo a encontrar entreteniendo a mis criadas, te hincho las narices de un puñetazo, y no sería la primera vez. Recuerda.
Hablaba casi pegado a él, dominándolo con su estatura, con fuego en los ojos. El cadetillo, un poco pálido, quiso protestar:
—Yo haré lo que me parezca.
Pero él lo empujó:
—¿Harás que te golpee ahora?...