—Siéntate un poco.
—Pueden venir.
Entonces Sergio se puso en pie y miró en torno. En un prado vecino, un rapazuelo de unos siete años, gravemente enfundado en un traje de hombre, apoyado en la larga vara de fresno, vigilaba el pacer de unas vacas. Sergio le gritó:
—¡Ei, Santiaguiño!
El rapaz berreó, sin moverse:
—¿Qué quer?
—Avisa si viene alguien, hom, que he de darte un pitillo.
—Bien está, sí, señor.
Se sentaron. El tránsito del agua por el cauce pedregoso llenaba todo el aire de un rumor. Callaron unos instantes. Sergio inquirió al fin, sin mirarla:
—¿Me has de decir lo que te pregunte?