Y Sergio:
—Gracias. ¿Qué tal de pesca?
—Aún no empezó. Vamos a la ardora.
Un viejo de mentón pronunciado intervino:
—No: buena pesca ya la hicimos. Ahí va un arroás[1], con el vientre abierto, por el medio de la ría. Aprecio más su muerte que llenar la lancha de pescado. Toda la sardina escorrentan...
[1] Delfín.
Los marineros comentaron riendo la caza del odiado enemigo. El viejo opinó aún:
—Pues yo digo que los barcos de guerra debían dedicarse a matar arroás. Así servirían para algo útil.
Los pareceres dividiéronse. Sergio volvió a entregarse lentamente a su preocupación dolorosa. ¿Qué concepto era el que Federica guardaba de su propia honestidad, hasta de su propia valía de mujer guapa?... ¿Cómo se formularían los deberes y los derechos sentimentales dentro de aquella adorable cabeza, en aquel corazón de ritmo uniforme, que no suscitaba desequilibrios, ni arrebatos, ni alteraciones, que no ponía una inflexión emocionada en la voz que contaba el drama de la iniciación?... El drama: para Sergio era un drama bestial. El monte negro..., los foscos pinares todos llenos de rumor..., la inmensidad hostil del cielo en los novilunios..., las ásperas manos forzudas del campesino... ¡Si pudiese imaginar también el rostro de Federica, contraído por el terror!... Pero la veía con aquel mismo gesto con que hizo el relato. ¿Por qué este absurdo había ocurrido así?
El gris del mar brillaba ahora herido de soslayo por las últimas luces de la tarde. Después se tornaría más obscuro y opaco; simularía en su quietud como una llanura donde los pies podrían asentarse y andar. Y con la noche tendría también esos misteriosos matices que luce el mar bajo la suave claridad de los astros. Las montañas de la opuesta orilla iban sumergiéndose lentamente en sombras... La eterna y vieja belleza del crepúsculo, suavemente tamizado por las nubes, se mostraba un día más con su sencillez inmutable. Y los humildes hombres de la playa caminaron hacia su embarcación. El hijo del ahogado saludó, riente. Y Sergio pensó en lo extraño de aquella risa, cuando entre las aguas que iba a surcar el mozo vagaba aún el hinchado cadáver del padre, esperando ser arrojado un día a cualquier playa, sin ojos, con los labios comidos por los cangrejos, con el vientre deforme... Sin embargo, era así y debía ser así... En aquella hora de paz, atalayando los montes y el mar y la curva línea de la Gándara, imbuído por la gigantesca solemnidad de las cosas, Sergio tuvo un atisbo de comprensión: comprendió la pequeñez del cadáver del marinero, invisible, perdido entre las aguas con la misma indiferencia que el del delfín; comprendió la naturalidad del amor... ¿Por qué torturarse complicándolo con morbosidades? Para la muerte y para el amor, para las miserias que sabemos miserias y para las miserias que creemos grandezas, la Naturaleza tiene el mismo gesto dulce, la misma mirada candorosa de Volvoreta: la misma misteriosa tranquilidad. Las fuentes brotan para los labios; del mantillo que forman en el bosque las hojas caídas y muertas se nutren árboles nuevos... Y todo en una gran placidez inmutable.