Él se indignó:
—¡Bueno, vete; no quiero oirte!
—Si te digo que no hubo nada. ¡Asco de viejo!
—¡Vete!
Se levantó y se fué haciendo un mohín.
Sergio siguió la margen del río hacia el mar, desazonado por el disgusto de aquellas revelaciones provocadas por él y en las que aún se complacía en escarbar su alma. Santiaguiño atravesó el prado corriendo y se plantó frente a él, muy grave dentro de su chaqueta de pana, las manos en los bolsillos y la vara de fresno bajo la axila:
—¿Y luego? ¿No me da ese pitillo?
Se lo arrojó. Santiaguiño se puso al socaire de un vallado para encenderlo. El joven siguió su caminata. Desvióse un poco del río para subir a las viejas ruinas de un fortín abandonado que, a la vera del mar, sobre un promontorio, atalayaba la ría. Apenas quedaban en pie algunas dentadas paredes. Sobre su suelo crecían la hierba y las ortigas, cubriendo las piedras en que se desmoronaban los muros. Una puerta conservaba aún su dintel, y, borrosamente esculpido, un escudo de armas. Cuando Sergio leía alguna novela de Benito Vicetto, la imagen de estas ruinas se suscitaba en él. Las reconstituía, las ornamentaba, y se figuraba que dentro, en las remotas edades del feudalismo, se había entregado a la orgía el feroz caballero Corno-de-boi, o se había desarrollado la terrible tragedia de los Boborás. Y veía también a las Hermandades de Galicia sitiar el castillo y arrasarlo, y se imaginaba el penacho de humo, torcido por el viento del mar, y las ventanas transparentando en la noche la interna hoguera. Rodeiro, que era un fervoroso admirador del Walter Scott galiciano, le facilitaba estos libros.
De la playa, bajo las mismas murallas del fortín, subía una tenue humareda. Sergio, sentado sobre las piedras grises, con las piernas colgantes en el vacío, miró. Unos marineros habían encendido una fogata, y sobre ella, apoyado en dos pedruscos, se ennegrecía un caldero donde cocían peces. La lancha fondeada cerca de las rocas apenas se movía en la unánime calma del mar. Los hombres estaban tumbados sobre la arena. Un marinero le saludó. Era de la Gándara. A veces llegaba hasta la casa de Abelenda a vender pescado. El padre del mozallón había muerto hacía apenas una semana, envuelta su barca por una ola al salir de la ría. El hijo llevaba un pañuelo negro como luto.
—¿Quiere un bocado?—ofreció.