—Luego, estaba empeñado en casarse conmigo; pero no quise. Se fué a América.

Alzó Sergio la cabeza para interrogar; pero volvió a su abstracción sin haber hablado. Todo aquello era absurdo: la indiferencia de la moza, su negativa a la proposición matrimonial... Y aquel tono sencillo que utilizaba en el relato que él creyó tener que escuchar entre lágrimas y rubores... Y no era por vicio; le constaba bien: ¡mujer más fría, más inerte!... «Es que no se da cuenta», meditó. Ahora tenía la dolorosa seguridad de que entre el aldeano que la asaltó en el monte, en la negrura nocturna, y sus relaciones presentes, Federica había vivido otras aventuras, resbalando por ellas con aquella naturalidad que conservaba toda la expresión infantil de sus ojos. En la capital... mientras sirvió en la capital... Preguntó bruscamente:

—¿Tú estuviste en casa del cuñado de los de Souto?

—Estuve dos años.

—Y él, ¿no te hizo el amor?

Volvoreta rió francamente, con los ojos llenos de alegría. Se incorporó un poco como quien va a contar algo interesante:

—Hizo...; don Gerardo... ¿sabes?... Una vez me regaló un pañuelo de seda, y otro me enseñó unos pendientes... ¡Qué risa con don Gerardo!... Era un sucio: en los dos años que llevé en la casa nunca pidió agua para bañarse.

—Pero tú le harías caso.

Ella hizo un gesto de repugnancia:

—¿Sabes qué?... Que siempre que tenía yo al pequeñito en los brazos, venía a cogérmelo para pellizcarme... Nada más.