—¿Y fué entonces?...

—Fué.

Sergio censuró, malhumorado:

—Porque tú quisiste.

—Y ¿yo qué iba a hacer?... En un monte; fíjate... La vivienda más próxima estaba a un cuarto de legua... Ni gritar valdría.

—¡Ah!—exclamó él, sorprendido y colérico—. ¿Tampoco gritaste?

Y Volvoreta, sin bajar los ojos y como si apelase con su tono al buen sentido del enamorado:

—Ya ves...

—¡Oh!...

Y tras la exclamación de despechada ira, él continuó arrancando las hierbas una a una, con la mirada fija en el suelo. Después de una pausa, ella siguió: