Entonces Volvoreta fué atenuando poco a poco su sonrisa. Contestó, con su sencillez habitual:
—Fué allá, en Dumbría.
—¿Un mozo?
—Un mozo.
Y Federica, sin nuevo requerimiento, contó, en una evocación en la que más que el suceso descollaba el ambiente y las figuras de la aldea lejana:
—Nuestra casa estaba en el medio de un monte...
Y habló... Aquellos montes de Dumbría, todos llenos de pinos; manchas y manchas de pinares siempre verdes, siempre llenos de rumor, como el mar... En algunos de ellos se había perdido cuando era muy pequeña y abandonaba las vacas para ir a buscar entre el bosque algún pino macho y después tostar sus piñones al fuego del hogar. A veces, los leñadores derribaban centenares de árboles robustos; pero los pinos recién plantados iban creciendo y pronto volvía la fronda a extenderse. Después de la tala, quedaba el bosque aquí y allá lleno de las manchas blancas del tronco segado casi al ras del suelo. Gustaba ella de sentarse allí, y la fresca resina se pegaba a sus ropas humildes. Más tarde, las lluvias y el sol iban volviendo el tallo del color de la tierra, más ceniciento aún, y se resquebrajaba, con sus raíces secas hundidas todavía en el monte. Por la carretera, una larga procesión de carros chirriantes conducía los troncos hasta el mar, y embarcábanlos en pataches ventrudos que se balanceaban dentro de la barra de Puenteceso. Y en cada barco había un perro sucio que ladraba siempre desde la borda, como los perros de los pajares aldeanos. Ella había ido allí una vez. Y tan ajeno estaba ahora su pensamiento a la pregunta del amante que había motivado la evocación, que se detuvo a describir el aspecto del Monte Blanco—como si todo él estuviese hecho de arena—que hay a la orilla del mar. Sonreía, maravillada de hallar en su memoria, a pesar de los años transcurridos, un tan claro recuerdo del paisaje. Sergio preguntó, rencoroso contra aquella delectación y aquella memoria anterior a él, donde él no podía surgir nunca:
—¿Y tu novio?
No era novio. La pretendía; pero ella era niña aún: catorce años. Él tendría veinte. Sus viviendas no estaban lejanas. Los sábados, de noche, acudía él invariablemente a repiquetear con el canto de una moneda en la puerta de Federica, y una vez la emprendió a garrotazos con un mozo de parroquia distante que tunaba con ella. En las romerías la buscaba para bailar, pero ella le huía; quería libertad para divertirse. Una vez habían ido a una «palillada»; era en una casa distante, donde las mozas se reunían para hacer sobre sus almohadillas, moviendo rápidamente los palillos de boj, con un constante ruido, el encaje de Camariñas, que después vendían a los exportadores.
—¡Reímos bien! Al volver, él quería acompañarme; pero yo me escapé. Era ya muy tarde. Había que pasar un monte para llegar a mi casa. En el monte me alcanzó.