Luego, alguna vez, en los paseos, se acercaba a saludar a la familia Rúa y aun daba unas vueltas con las jóvenes por la alameda. En el casino, en sus círculos de amistad, le hablaban de Simona frecuentemente:

—Porque usted le debe la vida...

—¡Claro, como usted le debe la vida!...

A don Manuel, el novelero romanticismo de la historia le placía; pero se lamentaba en su interior de que su salvadora fuese tan fea y tan flaca, con aquel largo mentón y aquellos ojos diminutos y aquella nariz que colgaba sobre los labios, como una gota de carne pronta a caer en el exiguo pecho desde su altura. Intentó enamorar a la hija de un rico conservero, francamente guapa; pero a las primeras insinuaciones ella protestó:

—¡Si le oyese a usted Simona Rúa!...

—¿Y si oyese?—se atrevió a desdeñar él.

—Pero, ¿no está usted comprometido con su salvadora?

Desde entonces Souto comprendió, melancólicamente, que su destino estaba trazado, y que aquel chapuzón iba a tener en su vida consecuencias más transcendentales de lo que hubiera podido presumir. Las gentes le empujaban a un romántico desenlace. Creyó adivinar que si no procedía de acuerdo con esta opinión de las gentes, su descrédito sentimental estaba consumado. Se le tendría por un hombre sin corazón, incapaz de la virtud suprema del reconocimiento. Él mismo se dijo que su deber le impelía categóricamente a tal solución. Y sus relaciones con Simona se hicieron más frecuentes, y un día, en medio de la satisfacción de quienes ya lo habían previsto, se casaron.

Cerca de cuatro lustros habían transcurrido ya. Sin embargo, la historia del salvamento no había cesado de ser recordada entre ellos, con sucesivas modificaciones, que le daba una novedad lenta y constante. Don Manuel solía decir siempre:

—Si no fuese por mi mujer, no tendría el gusto de hablar con ustedes...