Pero su gesto aburrido y la escasez de su entusiasmo sugerían la idea de que estaba pagando una tremenda deuda día por día y mes por mes...

Rodeiro fué a buscar en su tílburi a los de Abelenda para llevarlos hasta casa de don Manuel. Al llegar al crucero que se alzaba frente al parque, y que daba nombre al lugar, se apearon. Don Miguel se había anticipado a ellos y paseaba bajo los castaños sin hoja, charlando con otro cura que en los días de fiesta acudía a decir misa en la capilla de los Soutos. El cadete, vestido con su uniforme, pequeño y caprichoso como un groom, acudió a estrechar las manos de las mujeres, haciendo una estudiada ostentación de finura. Sergio y él se miraron apenas. Más tarde llegaron los de Acevedo; un matrimonio distinguido, que no tenía propiedades rurales, pero que había alquilado un hermoso chalet al otro lado de la ría. Él era banquero y estaba ligado a Souto por razón de intereses. Habían llegado en automóvil. La hija, una joven de diez y ocho años, tenía entre las pieles, en que, pese a su opulencia, no se perdía su esbeltez, la delicada belleza de una joya en un estuche de terciopelo. Vestía con gran elegancia, y sus modales eran de distinción. Ahora venían directamente de la ciudad: tenían cerrado el chalet hasta la primavera. El pequeño Souto se hizo su caballero desde que saltó del estribo del auto.

Todos iban diciendo:

—Felicidades, don Manuel.

Y luego se deseaban entre sí, muy afectuosos:

—Buen año nuevo; buen año nuevo.

Souto quiso enseñar las reformas que había hecho en su finca, y, pisando los húmedos senderos, fué preciso ver un nuevo estanque en el jardín, la parcela para los espárragos en la huerta, y el gasógeno para el acetileno, que había hecho instalar fuera de la casa, por temor a explosiones. Sergio, un poco turbado por la presencia de Luisa Acevedo, no hablaba, y aun procuraba esconderse tras el grupo, lleno de preocupación por sus botas recias de piel de becerro sin lustrar.

Avisaron para comer; pero los Poupariña no habían llegado. Aún se dejó transcurrir algún tiempo en el mirador de la casa—una amplia galería de cristales—, desde el que se dominaba el paisaje maravilloso. Al fin, los Poupariña entraron, deshaciéndose en disculpas. El marido explicaba:

—Con ésta así, tal como está, no se puede ir a ninguna parte: ni en caballo, porque teme caerse; ni en coche, por el traqueteo...

Y señalaba el vientre hinchado de su mujer.