—¿Otra vez?—observó, amablemente, el banquero.
—Siempre—afirmó Poupariña—. Siempre. Es infatigable.
Era verdad. En sus nueve años de matrimonio, Celsa había lanzado al mundo seis hijos. Delgada, envejecida, nadie se la podía imaginar sin el vientre abultado y el andar balanceante de su casi ininterrumpida preñez. Poupariña no sabía qué remedio poner, ni cómo reducir aquella obstinada maternidad. Le preocupaba el porvenir de tanto arrapiezo, para la vida de los cuales había de ser exiguo su patrimonio. Al fin concluyó por adoptar una alegre despreocupación ante lo irremediable. Fingía no saber nunca, de una manera cierta, el número de sus hijos y haberse olvidado de sus nombres. Para reducir a su mujer había ideado una coacción extraña. El romanticismo de Celsa le impelía a bautizar a sus retoños con nombres noveleros, que alarmaban al párroco de Santa María de la Gándara. A la hija mayor la llamó Irma; al segundogénito, Sigfredo; el tercero se bautizó con el nombre de Raúl. Poupariña fué tolerante y dejó hacer. Pero al llegar a este número planteó a su mujer, medio en broma, el problema:
—O no hay más chiquillos o los bautizo yo y les pongo los nombres que se me antojen.
Y nació el cuarto, y Poupariña le hizo llamar José, como él mismo; y nació el quinto, y se apeló Nicolás; y al sexto lo puso bajo la advocación del santo del día, que era San Robustiano. En un refinamiento de crueldad, cuando su mujer le enteró de que el séptimo comenzaba a bullir en sus entrañas, le buscó nombre ya antes de que naciese.
—Si se atreve a salir se llamará Exuperio.
Celsa protestaba:
—¡Eres un mal padre; estás matando el porvenir de tus hijos con esos nombres horribles!
Pero Poupariña era verdaderamente implacable.
Cuando les requirió doña Simona, sentáronse a la mesa. En casa de Souto se comía siempre espléndidamente, y en ocasiones señaladas, hasta con lujo. La mezcla de vinos alegraba a los comensales y soltaba las lenguas, y al final, cuando pasaron a la sala contigua, para fumar, se charlaba abundantemente. Don Manuel contó la historia de su salvamento una vez más; los invitados apreciaban, no obstante, de año en año, algunas sensibles diferencias en la historia. Del bañero, que, en rigor, había sido el que apresara al indiano ya entre aguas, no se hablaba en las últimas narraciones. Primero compartía el mérito con Simona; después fué un simple auxiliar; luego «había llegado tarde»; por último, su silueta, lentamente borrosa, se extinguió como la de un fantasma. Ahora, si alguien llegase a recordar su ayuda, el matrimonio Souto se hubiese reído buenamente como de una invención.