—Conque yo—explicaba don Manuel—me sentí ir para el fondo. A mí no me consta si fué el calambre o que me había agarrado algún pulpo, ¿eh?, porque por allí hay muchos. Y empecé a gritar y empecé a tragar salsa... Y una ola va y otra viene... ¡Tremendo aquello; estaba tremendo!...
—Como montañas—intervenía doña Simona.
—Claro está, nadie se atrevía a lanzarse al agua. Entonces ésta, ¡zas!, de cabeza. Todo el mundo se puso a gritar desde los andenes; estaba allí lo mejorcito de la ciudad: el capitán general, el gobernador, sus señoras... Y todos a gritar. Y ésta llega al fin junto a mí, después de una brega terrible; alargo los brazos para asirme...
—Y yo le dí una patada en la cabeza.
Don Manuel vaciló un poco, porque aquel detalle era nuevo. Pero lo suscribió en seguida:
—Eso es; tú me diste una patada en la cabeza. Una terrible patada...
—Naturalmente—explicó doña Simona a la concurrencia—; es lo que se hace siempre. Las personas que se están ahogando no reflexionan, y lo primero que hacen es aferrarse a su salvador y ponerlo en idéntico peligro. Lo que se suele hacer es darles, según se va nadando, una patada; se les atonta, y ya se les conduce fácilmente.
—Así fué, así fué...
Las señoras oían emocionadas. Los dos curas y Poupariña jugaban al tresillo cerca de una ventana. Rodeiro, desmoronado en un butacón, junto a ellos, fumaba un enorme puro. Su ancha cara hoyosa se había teñido de púrpura. Interrumpía a los jugadores con su charla constante y con sus advertencias:
—¡Entre sin miedo, Poupariña!