Poupariña miraba y remiraba sus cartas, haciendo un recuento de probabilidades. Argüía, festivamente:

—¡Que tengo treinta hijos, Rodeiro!

Rodeiro se desmoronaba melancólicamente en el sillón:

—¡Boh!—lamentaba—, ¡boh!... Más valen treinta que ninguno.

—¡Cásese, diablo!—gruñía don Miguel.

—¡Ah, terrible capitán Araña!... ¡Cómo gustamos de embarcar a la gente y quedarnos en tierra!... ¿Y usted?

—¡Hereje!—sonreía don Miguel, barajando.

Rodolfo mordía el puro y despedía como una bala el trozo seccionado.

—Oiga, don Miguel: hereje, y de los gordos, es un huésped que le voy a traer a mediados de mes: Rosales, el director de El Avance.

—¡Dios nos libre!