—Oiga: no viene en clase de ateo; viene a cazar, ¿sabe?... Ya le hablé de usted. Tenemos que armar una batida.

—¡Si caza lo que usted, no peligran las piezas!

—No, no; es una escopeta de cuidado.

Entonces comenzó a tocar un gramófono un trozo de Elisir d’amore. Rodeiro gritó:

—Ponga algo gallego, don Manuel. ¿No tiene nada de la tierra?...

Don Manuel asintió y le impuso silencio sin hablar.

Sergio, en un rincón ya penumbroso, se iba dejando invadir por el blando sentimentalismo de la música, propicio como nunca a él en la laxitud posterior a la comida. Miraba enfrente a Luisa Acevedo, tan hermosa, tan elegante; tenía una mano puesta sobre el brazo de la butaca, y se veía lucir las uñas pulidas y una esmeralda en un dedo, rodeada de pequeños brillantes. La alta bota de charol, la piel mate del escote insinuado, los rizos negros que bajaban a la frente, aquel sutil trazo de las cejas, que parecía hecho con lápiz... Sergio iba examinándolo todo detenidamente, y todo se le antojaba exquisito, insuperable en distinción y en gracia. A veces creía advertir que llegaba hasta su rincón el perfume de la joven, y aspiraba profundamente, cerrando los ojos.

Luisa no le había mirado ni una vez. El pequeño Souto charlaba de continuo con ella. En ocasiones llegaba hasta el rincón alguna frase:

—Este año, en el skating...

—... mañana dan un té...