Y se despreciaba a sí mismo y advertía crecer a Souto en su admiración. Él querría también entonces tener un traje distinguido y el don de hablar de aquellas cosas y aquellas personas brillantes, y poder, como Souto, inclinarse sobre el brazo del sillón para charlar con la joven y recoger tan de cerca su divina sonrisa. Se acordó de Volvoreta con cierto desdén. Si aquellas gentes supiesen que era el novio de Federica, una criada, ¡cómo se reirían de él!... Se advirtió insignificante. Cuando, pasado un momento, se encontraron solos el cadete y él en la galería, Sergio se acercó, un poco colorado, para decir:

—Supongo que no te habrá parecido mal lo de la otra tarde...

Souto fingió no recordar:

—¿Cuál?

—Lo de Federica.

El cadete echó un hilillo de humo entre sus labios exangües, como para indicar su indiferencia:

—¡Figúrate tú!... ¡Lo que me podrá importar a mí una criada!

Sergio asintió, vivamente:

—Por eso...

—¡Nada, hombre, por Dios; ya me había olvidado!