Dió otra bocanada y otorgó, petulantemente:
—Si tú tienes interés, puedes trabajarla...
—¡Oh, no! ¡Qué tontería!... ¡Ningún interés!
—No la creo difícil...
Tiró el cadete su colilla y entró, cortando la charla. Sergio se sentía humillado y permaneció un instante viendo cómo la noche iba envolviendo el paisaje, invadido él de amargura y de celos por Luisa.
A las seis, ya con noche, marcharon. Chinto, que había ido a llevar paraguas, porque la tarde tenía mal cariz, había enganchado el tílburi. Comentó confidencialmente con Sergio:
—Mucha grandeza hay en la Cruz del Souto. Comí un plato de carne asada, con unas cosas que diz que le llaman batatas, que así Dios me lleve como no probé cosa de dulce más rica en la vida mía. ¡Vaite que hay buenas larpeiradas en el mundo!
El tílburi pronto corrió por la carretera, bajo las altas ramas de los olmos centenarios. En un sendero, campo traviesa, brillaba la linterna con que Poupariña alumbraba cuidadosamente el camino para evitar a Exuperio bruscos sobresaltos dentro del hinchado vientre de la madre. El automóvil de los Acevedo bramó de pronto detrás del tílburi. Los focos potentes iluminaron la carretera hasta muy lejos y alargaron por ella, en caricatura, la sombra del cochecito y del caballejo. Pasaron, saludando, y pronto se perdieron en la lejanía. Isabel comentó:
—¡Qué bien vestida estaba la hija de Acevedo!
—¡Uf!; es insoportable... ¡Más orgullosa!...