La madre intervino:
—No diga, Rodeiro; es una muchacha muy guapa.
—¡Boh!... sin salir de la Gándara encuentra usted cualquier aldeana mejor. Volvoreta, sin ir más lejos...
—No diga, Rodeiro, no diga...
Y Sergio recibió aquellas palabras como un alivio a su tristeza. Volvió bruscamente todo su amor y le sacudió un ansia aguda de ver a Federica. El tílburi saltaba sobre los baches, y sus faroles alumbraban el camino con una luz amarillenta y hacían girar las sombras de los árboles alrededor de sus troncos; y a veces se advertía la tenue humareda que se desprendía del sudoroso caballo. Rodeiro lo animaba con chasquidos. Aquí o allá brillaba de pronto una charca. Los perros ladraban a lo lejos. Bajo las ramas de los olmos, cerrada entre muros de sombra, la carretera semejaba un túnel enorme.
Llegaron a la finca. Sergio entró el primero, con la esperanza de hallar a Volvoreta y besarla. Doña Rosa, después. Junto al camelio donde las blancas flores se deshojaban, en el enorme silencio de la noche, Rodeiro asió una mano de Isabel, emocionado:
—Sabeliña...
La joven se detuvo.
—¿Qué, Amaro?
Pero Rodeiro nada añadió. Estrechó lentamente la mano femenina y marchóse. Desde el umbral Sabela oyó los cascabeles del caballejo que desandaba el camino, y vió pasar y alejarse las lucecitas amarillentas del coche.