—Nada más tengo que decir, salvo que es una relación muy poco apetecible. Fue Poldo quien le puso el apodo de «el Ceco».

—¿Y el monje que se llama fray Antonio?

—Jamás he oído hablar de esa persona; nada sé de él.

En la punta de la lengua tuve la pregunta de si tenía un hijo y si su nombre era Herberto, recordando aquella trágica escena nocturna en el parque de la mansión de Mayvill. Sin embargo, supe, por fortuna, contenerme y guardar silencio, prefiriendo ocultar lo que sabía y esperar el desenvolvimiento de los hechos y de aquella extraordinaria situación.

Sin embargo, mi corazón rebosaba de indignación y unos feroces y locos celos lo roían. Mabel, la dulce y bondadosa niña que yo tanto amaba, y cuyo porvenir había sido depositado en mis manos, había cometido el grave y triste error, como otras tantas niñas, de enamorarse de un hombre vulgar, torpe y muy inferior a ella. El amor en una cabaña, sobre el que tanto oímos, es muy bueno en teoría, como lo es el engaño de que se puede tener el corazón alegre aun cuando el bolsillo esté vacío; pero en estos tiempos modernos la mujer habituada a las comodidades y al lujo no puede nunca ser feliz en la modesta casa de cuatro piezas, así como no lo es el hombre que se casa valientemente por amor y renuncia a su herencia.

No. Cada vez que recordaba las amenazas y menosprecios de ese joven rufián, su arrogancia y su estallido final de pasión criminal, que tan cerca había estado de terminar con la vida de mi bien amada, mi sangre hervía de ira y se encendía mi cólera. El bribón había escapado, pero dentro de mi ser juraba que no quedaría impune.

Y, sin embargo, cuando rememoraba bien toda la escena, parecía que Mabel estaba completa e irresistiblemente bajo el poder de ese hombre, a pesar que había intentado desafiarlo.

Permanecimos con Hales y su esposa una hora más, aun cuando pocos datos nuevos obtuvimos, a excepción de algunas palabras que la anciana dejó escapar. Me cercioré de que tenían en efecto un hijo y que se llamaba Herberto, pero que no era de muy buena conducta.

—Estaba ocupado en las caballerizas de Belvoir—explicó su madre cuando yo la interrogué sobre él.—Pero hace como dos años que salió de allí, y desde entonces no lo hemos vuelto a ver. Algunas veces nos escribe de diferentes puntos y parece que prospera.

El tal individuo era, por lo tanto, como yo lo había supuesto por su aspecto, un cuidador de caballos, un caballerizo o algo por el estilo.