—No hay duda, ha partido para el Norte—observé cuando Crump se retiró y la puerta se cerró detrás de él.—Casi parece que su huida hubiese sido premeditada. Anoche mandó su equipaje.
Pensaba en ese momento en el arrogante y atrevido caballerizo, en ese impudente joven Hales, y cavilaba si sus renovadas amenazas no habrían conseguido que ella accediera a tener otra entrevista con él. Si eso era así, entonces el peligro era terriblemente extraordinario.
—La debemos encontrar—dijo con toda resolución la señora Percival.—¡Ah!—suspiró,—no sé, realmente, lo que irá a suceder, porque la casa está ahora en poder de este hombre odioso y de su hija, y él es un tipo de lo más grosero y mal educado. Se dirige a los sirvientes con toda familiaridad, exactamente como si fuesen sus iguales; ¡y hace un momento que cumplimentó a una de las mucamas por su buena presencia! Esto es terrible, señor Greenwood, terrible—exclamó la viuda, inmensamente chocada.—¡Es la exhibición más vergonzosa de su mala educación! Yo no puedo permanecer más tiempo aquí, ciertamente, ahora que Mabel ha creído conveniente abandonar la casa sin siquiera consultarme. Esta tarde vino lady Rainham, pero yo tuve que aparentar que no estaba. ¿Qué puedo decirles a las gentes en estas circunstancias tan angustiosas?
Comprendí cuán escandalizada estaba la estimable compañera de Mabel, porque era una viuda sumamente estricta, cuya misma existencia dependía de la etiqueta rigurosa y de las tradiciones de su honorable familia. Cordial y afable con sus iguales, era, sin embargo, muy fría e inflexible con sus inferiores teniendo el hábito de mirarlos a través de sus anteojos cuadrados de arcos de oro, y examinarlos como si hubiesen sido extraños seres de diferente carne y sangre. Era esta última idiosincrasia lo que siempre molestaba a Mabel, la cual profesaba esa creencia, tan femenina, de que uno debe ser bondadoso con los inferiores y sólo frío y duro con los enemigos. Sin embargo, bajo el ala protectora y la altiva tutoría de la señora Percival, Mabel había penetrado en el mejor y más elegante círculo social, cuyas puertas están siempre abiertas para la hija del millonario, y había dejado bien sentada su reputación como una de las debutantes más encantadoras de su season.
¡Cómo ha cambiado la sociedad en estos últimos diez años! En la actualidad, la llave de oro es el ábrete sésamo de las puertas de la sangre más azul de Inglaterra.
Ya no existen los viejos círculos exclusivistas, o, si hay algunos, han quedado obscurecidos y no tienen importancia. Las damas asisten a los salones-conciertos y se jactan de concurrir a los clubs nocturnos. Las comidas en los restaurants, que antes eran consideradas como un motivo de rebajamiento, son hoy un gran atractivo. Hace una generación que una dama de alta alcurnia objetaba razonablemente diciendo que no sabía al lado de quién podía sentarse; pero, en la actualidad, como sucedía en el teatro antes de la época de Garrick, la fama poco honorable de una parte de los concurrentes constituye un incentivo. Cuanto más flagrante es el escándalo respecto a alguna «impropiedad» bien dorada, mayor es el aliciente de comer en su compañía, y, si es posible, a su lado. ¡Tal es hoy la tendencia y el modo de ser de la sociedad de Londres!
Por espacio de un cuarto de hora, mientras Reginaldo estaba ocupado con los Dawson, père et fille, permanecí en consulta con la viuda, tratando de ver si conseguía algún indicio sobre el paradero de Mabel. La señora Percival pensaba que, más pronto de lo que creíamos, nos haría saber dónde estaba oculta; pero yo, conociendo tan bien la firmeza de su carácter, no participaba de su opinión. Su carta era la de una mujer que había tomado una resolución y estaba dispuesta a sostenerla, costara lo que costara. Temía enfrentarse conmigo, y por esa razón, no hay duda, ocultaría su resistencia. En casa de Cottus tenía a su nombre cuenta separada, así es que por falta de fondos no se vería obligada a revelar su actual paradero.
Ford, el secretario del muerto, hombre joven, como de treinta años, alto, atlético, completamente afeitado, asomó la cabeza, pero como nos encontrara conversando, se retiró en el acto. La señora Percival ya lo había interrogado, pero ignoraba completamente para dónde había partido Mabel.
El tal Dawson había usurpado en la casa la posición de Ford, y este último, lleno de resentimiento, estaba en constante acecho de sus actos y movimientos y dominado de los mayores recelos, como todos lo estábamos.
Reginaldo vino por fin a reunirse conmigo, y entró exclamando: «Este hombre es un tipo de lo más original que puede darse, por no decir otra cosa. ¡Conque a mí me ha invitado a tomar whisky con soda... en la casa de Blair! Considera la huida de Mabel como una broma, habla de ella en tono de chanza, asegurando que pronto estará de vuelta, pues no puede permanecer mucho tiempo ausente, y que él la hará volver en el momento que lo quiera o que necesite su presencia aquí. En una palabra, habla ese tipo como si Mabel fuera de cera en sus manos, y él pudiera hacer lo que le plazca con ella.»