»Le pido al mismo tiempo olvide completamente que ha existido en el mundo una persona del nombre de la desesperada, afligida e infortunada—Mabel Blair».

Quedé parado, con la carta abierta en la mano, manchada en lágrimas, absolutamente mudo y desconsolado.

XXII

EL MISTERIO DE UNA AVENTURA NOCTURNA

—Exponerme a la situación es peor para mí que la muerte—decía en su carta.—¿Qué podría significar eso?

La señora Percival adivinó por la expresión de mi semblante la gravedad de aquella carta, y, poniéndose rápidamente de pie, acercose a mí, colocó su mano con cariño sobre mi hombro, y me preguntó:

—¿Qué sucede, señor Greenwood, no puedo saberlo?

En contestación le di la carta. La leyó velozmente, y después dejó escapar un grito de espanto, comprendiendo que la hija de Burton Blair había huido del hogar. Era evidente que ella le temía a Dawson, habiéndose dejado dominar por la creencia aterradora de que su secreto, sea lo que fuere, se haría público ahora, y había huido, según parece, por no volver a encontrarse frente a frente conmigo. ¿Pero por qué? ¿De qué naturaleza podría ser su secreto para que tanto la avergonzara y la obligara a esconderse?

La señora Percival hizo llamar a Crump, el cochero, que había llevado en el bróugham a su joven ama hasta la estación de Euston, y lo interrogó.

—La señorita Mabel ordenó el cupé, señora, unos momentos antes de las once—contestó el hombre, saludando.—Llevó su valija de cocodrilo, pero, anoche despachó por Carter Patterson un gran baúl lleno de ropa usada, así le dijo la señorita a su doncella. Yo la llevé a Euston, allí bajó y entró en la boletería. Me hizo esperar como cinco minutos, apareciendo después con un mozo de cordel que tomó su valija, y luego ella me entregó la carta dirigida al señor Greenwood para que se la diera a usted, ordenándome que me retirara. Entonces me volví a casa, señora.