Mi perseguidor avanzó unos pocos pasos, pero se detuvo súbitamente, y sólo pude distinguir, a la luz del débil farol que penetraba a través de la neblina londinense, una figura alta y descompuesta por la niebla enceguecedora.

Sin embargo, no fue bastante densa para impedirme encontrar mi camino, porque conocía muy bien esa parte de Londres. No era muy agradable, ciertamente, verse seguido con tanta persistencia a semejante hora. Sospeché que algún vagabundo o ladrón que había pasado junto a mí, había notado mi distracción y olvido de lo que me rodeaba, y se había vuelto para seguirme con mala intención.

Seguí de nuevo adelante, sin retroceder, pero apenas lo hice, sentí los pasos ligeros y suaves, como un eco de los míos, que furtivamente resonaban detrás de mí. Había oído contar curiosas historias sobre locos que rondan de noche las calles de Londres y siguen, sin objeto, a los transeúntes, siendo ésta una de las diferentes clases de insanidad bien conocida por los alienistas.

De nuevo crucé el camino, pasé a través de la plaza Edwarde, volviendo así sobre mis pasos, y tomé en dirección a la calle High, pero el misterioso individuo me seguía con igual persistencia. Confieso que experimenté cierta inquietud, viéndome en medio de esa espesa neblina, que en esa parte habíase puesto tan densa hasta el grado de obscurecer completamente los faroles.

De pronto, al dar vuelta a la esquina para penetrar en los jardines de Lexham, en un punto donde la neblina había cubierto todo con su negro manto, sentí que alguien me asaltaba repentinamente, y, al mismo tiempo, una aguda sensación penetrante detrás del hombro derecho.

El ataque fue tan recio, que lancé un grito, dándome vuelta en el acto para enfrentarme con mi asaltante, pero tan ágil había sido éste, que antes que pudiera hacerlo, me esquivó el cuerpo y huyó.

Oí sus pasos al retroceder corriendo por el camino de Earl's Court, y entonces grité llamando a la policía. Pero nadie me respondió. El dolor de mi hombro se hacía a cada momento más incómodo y mortificante. El desconocido me había herido con un cuchillo, y la sangre brotaba, porque la sentía, húmeda y pegajosa, caer sobre mi mano.

Volví a gritar: ¡Policía, policía! hasta que, por fin, oí una voz que me respondió en medio de la neblina y me encaminé en su dirección. Después de algunos otros gritos descubrí al vigilante y le referí mi extraña aventura.

Acercó a mi espalda su linterna sorda y exclamó:

—¡Es indudable, señor; le han dado una puñalada! ¿Qué clase de hombre era?