—No lo pude ver bien ninguna vez—fue mi torpe contestación.—Se mantuvo siempre a buena distancia, y únicamente se aproximó en un punto demasiado obscuro para poder distinguir sus facciones.

—No he visto a nadie, a excepción de un clérigo que encontré hace un momento por el camino de Earl's Court; por lo menos, si no era clérigo, vi que llevaba un sombrero de anchas alas parecido a los que éstos usan. Pero no pude verle la cara.

—¡Un clérigo!—exclamé tartamudeando.—¿Cree usted que podrá haber sido algún sacerdote católico?—porque mis pensamientos se habían concentrado en ese instante en fray Antonio, que era, evidentemente, el guardián del secreto del Cardenal.

—¡Ah! no puedo afirmarlo. No pude ver sus facciones. Sólo noté su sombrero.

—Me siento muy débil—le dije, al apoderarse de mí un fuerte desvanecimiento y languidez.—Desearía que me trajera un coche. Piense que lo mejor que puedo hacer es irme directamente a mi casa, que está en la calle Great Russell.

—Es un viaje muy largo. ¿No sería más conveniente que fuera primero al Hospital West London?—indicó el vigilante.

—No—repliqué decidido.—Quiero irme a casa y llamar a mi médico.

Luego, me senté en el umbral de una puerta que quedaba al terminar los jardines de Lexham y esperé la llegada del vehículo, pues el vigilante había ido al camino Old Brompton en busca de un hanson.

—¿Había sido atacado por algún maniático homicida que me había seguido todo el trayecto andado, o difícilmente había escapado de ser víctima de un infame asesinato? Tales eran mis cavilaciones mientras permanecía allí sentado aguardando. La última suposición era, para mí, decididamente, la más factible. Existía una razón poderosa para que se deseara mi muerte. Blair me había legado el gran secreto y yo acababa de conseguir descifrar el enigma que encerraban las cartas.

Este hecho debía haber llegado, probablemente, a conocimiento de nuestros enemigos; de ahí este cobarde atentado contra mi vida.