—No se alarme mucho, Greenwood—rió el amable y buen doctor;—ya he conseguido dar vuelta a la peligrosa curva, y todavía no le ha llegado el tiempo de morirse. La escapada ha sido casi un milagro, porque el arma era de lo más mortífero que pueda imaginarse; pero, felizmente, llevaba usted puesto un grueso sobretodo, además de otras piezas de ropa pesadas, todas las cuales le chuparon la mayor parte de la sustancia venenosa antes de que pudiese penetrar a la carne. Y le aseguro que ha sido una suerte para usted, porque, si este ataque hubiese tenido lugar en verano, cuando las ropas son ligeras, no habría habido la menor esperanza de salvación.
—Pero ¿quién ha sido el autor de este atentado?—exclamé, enloquecido, con mis ojos clavados en esas feas manchas que cubrían mi piel, prueba evidente de que dentro de mi naturaleza se había introducido un veneno terrible.
—Alguien que le tendrá un odio implacable, me imagino—rió el cirujano, que era mi amigo desde hacía varios años y que tenía por costumbre asistir algunas veces a las partidas de caza con los Fitzwilliams.—Pero, vamos, viejo compañero, alégrese; uno o dos días tendrá que pasar con leche y caldo, dejar curarse la herida y permanecer muy tranquilo. Ya verá cómo pronto vuelve a recuperar su salud.
—Todo eso está muy bueno—respondí impacientemente,—pero yo tenía un mundo de cosas que hacer, y algunos asuntos privados que atender.
—Tendrá que dejarlos descansar por un día o dos, ciertamente.
—Sí—insistió Reginaldo;—debes estar tranquilo, Gilberto. Estoy demasiado contento de que no haya sido tan grave como al principio creímos. Cuando el cochero te trajo a casa y Glave corrió a buscar a Walker, yo me imaginé que morirías antes de que llegase. No sentía palpitar tu corazón, y estabas completamente helado.
—¡No adivino quién puede ser el infame que me ha herido!—grité.—¡Por Jacob! que si lo pillo, me parece que allí mismo le retuerzo su precioso cuello.
—¿Con qué fin te incomodas, cuando pronto vas a mejorar?—preguntó Reginaldo filosóficamente.
Pero yo permanecí callado, reflexionando en la opinión de sir Carlos Hoare, de que la daga empleada para el crimen frustrado, había sido una vieja arma florentina, envenenada. Este mismo hecho me hacía sospechar que el cobarde atentado llevado contra mi persona, había sido obra de mis enemigos.
Nosotros, por cierto, no le dijimos nada a Walker sobre nuestra curiosa investigación, porque considerábamos en ese momento que el asunto era estrictamente confidencial. El hablaba de mi herida de un modo jocoso, declarando que muy pronto recuperaría mi salud, si es que tenía un poco de paciencia.