Después que se retiró, poco antes de mediodía, Reginaldo se sentó al lado de mi cama, y gravemente nos pusimos a discutir la situación. Las dos cuestiones más apremiantes en ese momento eran, primero, descubrir el paradero de mi bien amada, y, segundo, ir a Italia a investigar el secreto del Cardenal.
Los días iban transcurriendo pesados, largos y cansados, días sombríos de principios de primavera, durante los cuales me revolvía en la cama, impaciente, desesperado e impotente. Ansiaba poderme levantar y actuar con actividad, pero Walker me lo prohibía. En cambio me traía libros y diarios, y ordenaba tranquilidad y absoluto descanso.
Aunque Reginaldo y yo teníamos siempre nuestro pequeño pabellón de caza en Helpstone, después de la muerte de Blair no habíamos ido ni una sola vez. Además, aquella estación había sido de extraordinario movimiento en el comercio de encajes, y Reginaldo parecía más esclavo que nunca de su casa de negocio.
Por consiguiente, permanecía solo la mayor parte del día, teniendo a Glave para que cuidase y supliese mis necesidades. De cuando en cuando venían a verme algunos amigos, conversando y fumando un rato conmigo.
Así pasó el mes de marzo, siendo mi convalecencia mucho más lenta de lo que Walker había pensado al principio. En el análisis se había descubierto un dañosísimo veneno irritante mezclado con la grasa, y parece que mi naturaleza había absorbido más de lo que en un principio se creyó, de aquí mi tardío restablecimiento.
La señora Percival, que, debido a nuestro insistente consejo, todavía residía en la mansión de la plaza Grosvenor, me visitaba algunas veces, trayéndome frutas y flores de los invernáculos de Mayvill, pero nada sabía sobre Mabel. Esta última había desaparecido tan completamente como si la tierra se hubiera abierto y tragádola. Deseaba con ansia abandonar la casa de Blair, ahora que estaba ocupada por los usurpadores, pero nosotros la habíamos llenado de halagos, con el fin de que permaneciese y pudiese moderar algo los actos de Dawson y su hija. A Ford le habían causado tanta exasperación las maneras de aquel hombre, que, al quinto día del nuevo régimen, había protestado, lo cual dio por resultado que Dawson, tranquilamente, colocara dentro de un sobre el importe de un año de sueldo, y en el acto lo dispensara de sus servicios para en adelante, cosa que había tenido intención de hacer desde un principio, no hay duda.
Sin embargo, el exsecretario privado nos ayudaba, y en ese momento estaba empeñado en hacer toda clase de averiguaciones para cerciorarse dónde estaba su joven ama.
—La casa está completamente al revés, todo en ella está trastornado—declaró un día la señora Percival, mientras me visitaba.—Los sirvientes se hallan rebelados, y la pobre Noble, el ama de llaves, pasa, le aseguro, por momentos terribles. Carter y ocho sirvientes más le han notificado ayer que se retiran de la casa. Este tal Dawson es el tipo más acabado de la mala educación y pésimos modales; sin embargo, le he alcanzado a oír que le decía a su hija, hace dos días, que estaba pensando seriamente en manifestarse a favor de la reforma y entrar en el Parlamento. ¡Ah! ¿qué diría la pobre Mabel si supiese semejante cosa? La hija, Dolly, como él la llama, esa muchacha vulgar, se ha establecido en el boudoir de Mabel, y está por hacerle renovar la decoración, pues quiere que sea de color amarillo, para que venga bien a su tez, según creo. Dado lo que dice el señor Leighton, parece que la fortuna del pobre señor Blair debe pasar enteramente a ser manejada por este individuo.
—¡Es una vergüenza, una abominable vergüenza!—grité encolerizado.—Sabemos que este hombre es un aventurero, y, sin embargo, somos completamente impotentes para poder proceder—añadí con amargura.
—¡Pobre Mabel!—suspiró la viuda, que realmente era muy apegada a ella.—Sabe, señor Greenwood—dijo, con un inesperado tono de confianza,—que más de una vez, después de la muerte de su padre, he pensado que ella está en posesión de la verdad; que conoce la razón de este extraño lazo de amistad que unía al señor Blair con este hombre sin conciencia, a quien tanto poder sobre ella y su fortuna le ha sido otorgado. Muchas confesiones reservadas me ha hecho, y creo que, si ahora quisiera manifestarnos la realidad, podríamos vernos libres de este demonio. ¿Por qué no lo hace... para salvarse?