—Porque actualmente le teme—contestó en voz dura, desesperado.—Posee cierto secreto que la hace vivir en constante terror. Ese es el motivo, creo yo, de su súbita desaparición y del abandono de su propio hogar. Ha dejado a ese hombre en posesión completa e incontestable de todo.
No había olvidado la arrogancia y la confianza en sí mismo, de que había hecho gala esa noche que por primera vez fue a vernos.
—Pero, señor Greenwood, ¿tendrá usted, ahora, la bondad de disculparme por lo que voy a decirle?—preguntó la señora Percival, después de una breve pausa y mirándome fijamente a la cara.—Tal vez no tenga derecho de mezclarme de este modo en sus asuntos más íntimos, pero confío que usted me perdonará cuando reflexione que si me atrevo a hacerlo, es por ella, por esa pobre niña.
—¡Y bien!—exclamé, algo sorprendido de su inesperado cambio. Generalmente era en extremo altiva y fría, crítica terrible que tenía en la punta de los dedos los nombres de las primas, tías y sobrinos de todo el mundo.
—La verdad es ésta—prosiguió.—Usted podría inducirla a que nos manifestase la realidad, tal es mi creencia, porque es la única persona que tiene alguna influencia sobre ella ahora que su padre no existe, y, permítame que se lo diga, tengo razones para saber que ella siente por usted una estimación muy grande.
—Sí—observé, no pudiendo contener un suspiro,—somos amigos... buenos amigos.
—Más que eso—declaró la señora Percival.—Mabel lo ama a usted.
—¡Me ama!—grité, dando un salto y sosteniéndome sobre un codo.—No, pienso que debe estar usted en error. Ella me considera más bien como un hermano que como un amante, y ha aprendido, según creo, desde el primer día que nos conocimos en tan románticas condiciones, a mirarme como una especie de protector.—No—añadí, moviendo la cabeza,—existen ciertos obstáculos que deben impedirle poder amarme, la diferencia de nuestras edades, de posición y todo lo demás.
—¡Ah! está usted completamente equivocado—exclamó la viuda, con toda franqueza.—Su padre le dejó a usted su secreto, según tuve ocasión de saber, para que sacase todo el mayor provecho posible, como él lo había hecho, y porque adivinaba la dirección que iba tomando el camino de Mabel.
—¿Cómo sabe usted esto, señora Percival?—la pregunté, medio inclinado a dudar de ella.